-Se llamaba Gregory- masculló la pesada y carrasposa voz del hombre, que a pesar de tener 33 años, aparentaba ser más mayor debido a su pelo largo y arapiento repeinado hacia atrás, recogido en una cola y su barba hirsuta -Y le he visto cada noche en los últimos años. En mi duermevela he visto sus pesados pasos en lejanas batallas. Le he visto combatir contra los Casacas Rojas. Le he contemplado vagar por bosques cerca del río Mohawk... He visto en mis sueños a ese hombre, que ha vivido por más de 100 años- narró, contemplando el fuego crepitante, reflejado en sus ojos. Todo cuanto le rodeaba era sombra, oscuridad, y miradas nerviosas, preocupadas, muertas de terror. El narrador se sentaba sobre un tronco de madera talado y tirado en el suelo. Jugaba nervioso con sus dedos sucios, llenos de tierra, con la piel agrietada y las uñas ennegrecidas de sangre seca -Y digo que ha vivido porque le sigo viendo, hoy día. Camina por mi lado. Me saluda con un gentil gesto con el ala de su sombrero. Lo veo llevar sus manos a las pieles de porcelana de las mujeres de Woodnacht...- suspiró -Desconozco del todo bien la razón por la que ocurre, aún sigo buscando los hechos, las razones, pero es sólo al dormir cuando le veo. A él y a esas cosas, horrendas en ocasiones, que pululan en las sombras. No distingo sus formas, no contemplo sus más que evidentes deformes cuerpos, pero me observan. Me vigilan. Siento la pesada presión de su mirada en el cogote y que me maldiga Dios si verdaderamente existe si estoy mintiendo- se alteró ligeramente por un instante. Tomó aire, reflexionó un momento, y bufó calmándose
-¿Qué... más ves?- habló con duda y voz temblorosa uno de quienes oían al narrador
-He visto cómo llegó a Woodnacht. Cómo la caravana en la que viajaba se acercó demasiado a ese maldito lugar, les arreció una tormenta y tuvieron que buscar refugio... Incautos- se meció la barba -Esa misma noche ya estaba yaciendo con seis mujeres distintas, a cada cual más exhuberante en sus ensoñaciones. Faltaba polla para tantas bocas, manos y tetas- gruñó -Idiotas... más que idiotas...- sollozó, con la voz quebrada
-Déjalo salir- asintió el oyente principal -Limpia tu espíritu...-
-¿Limpiar mi espíritu?- sonrió entonces, divertidamente sarcástico -No se puede limpiar nada que ese lugar ya ha mancillado-
-Al menos tú puedes salir. Has conseguido librarte de su hechizo-
-Sólo de forma parcial. Oigo sus susurros ¿Sabes? Oigo su voz, su canto de sirena. Ese lugar me atrae como la miel a las moscas. Siento que es mi hogar aunque lo odio. Todo, cada parte de tierra, cada establecimiento. Y sobre todo la maldita vieja mansión-
-Fuerza, es lo que necesitas. Determinación, Sullyvan- se cruzó de brazos el oyente
-Es fácil para vosotros decirlo. Muy fácil- mantenía la sonrisa -Aquí estáis, no os acercais apenas a ese lugar. Os consideráis a salvo de lo que quiera que mora en ese infierno... Es sencillo hablar de fuerza, Kawute, cuando estás libre de su influjo- acusó. Entonces, el oyente nativo se levantó de su respectivo asiento de piedra y lanzó unos polvillos a la llamarada. Ésta se alzó y crepitó con fuerza. La mirada se Sullyvan ardía con la misma intensidad, clavada en el nativo, rodeado por un séquito de, seguramente, hijos
-Que el Espíritu te olvide, hijo de hombres blancos. Por hoy hemos terminado- recitó severo el nativo esperando a que Sullyvan se levantara. Éste hizo lo propio, tomó un tablón de la fogata que utilizaría como antorcha y regresó rumbo a su casucha, construida a mano por él mismo, a un par de kilómetros de donde se había reunido con los nativos.
Sullyvan Thatch era su nombre, era lo poco que en ocasiones sabía de sí mismo. El cómo llegó a Woodnacht era algo que no recordaba apenas, pero sí soñaba con cómo habían llegado muchos de los habitantes. En varias ocasiones incluso soñaba con los que ya habían fallecido y habían dejado de existir. Lo detestaba. Todo ello sin contar con esa extraña sensación de que había algo más. Seres que no eran humanos, pero tampoco eran perros, chacales o pumas de las montañas. Los oía sisear, mascullar, gañir como las pesadillas reptantes que eran, siempre pululando en las sombras. El resumen de toda la vida de Sullyvan era precisamente el no dormir. Optó por ello hacía muchos años, cuando fue consciente de sí mismo, cuando al cabo de un tiempo comenzó a soñar con cosas tan reales que le hacían asfixiarse cuando despertaba al llegar el alba. En ocasiones veía cuevas, túneles tan profundos que parecían conducir al mismísimo centro de la tierra misma. En las paredes de esos túneles de vez en cuando brillaba oro, un oro que nadie se había atrevido a cavar ¿Y a quién juzgar? Él mismo no se atrevía, pues era malicioso, codicioso, estaba ahí para tentarle y él sólo quería salir de ese horrible lugar. Se dio cuenta hacía ya unos años que esos sueños no eran diferentes de la realidad y que no era el único al que le pasaba. Todo aquel que vivía en Woodnacht durante unos días acababa inmerso en el corazón terrible y tenebroso del pueblo, y como tales, acababan convirtiéndose en locos obsesos con aquella extraña religión horrorosa que todos allí profesaban en una iglesia oscura y casi sin iluminación que privaba de la visión de los terribles rituales que dentro se llevaban a cabo. Sullyvan estaba desesperado, muerto en vida, y lo peor de todo es que no podía abandonar el lugar, se lo impedían dos razones: la intensa curiosidad que le hacía actuar de vigilante, siempre oteando a los horizontes, una suerte de guardián que trataba de prevenir a cualquier alma nueva que llegaba a las puertas del averno... y la influencia del lugar que pese a no tomar completa posesión de él, le llamaba y trataba de mantenerlo pegado a su oscura estructura social y religiosa, fanática, completamente desagradable y tenebrosa. Así lo había decidido entonces, si así le quería lo que fuera que gobernaba ese lugar, se quedaría siendo precisamente su mayor enemigo, hasta que exhalara su último aliento.
Aquella noche Sullyvan se preparó en una vieja cacerola casi completamente oxidada un soso estofado con la carne de un conejillo que encontró ya muerto, seguramente por un coyote o algún animal similar. Afortunadamente aún tenía carne y decidió aprovecharla, pues el hambre a veces le desgarraba las entrañas. No recordaba la última vez que había comido en condiciones. A veces tenía la sensación de que ni los animales se acercaban demasiado a aquel lugar, y no se equivocaba del todo. Tomó un pequeño muslito de la cacerola y lo mordió, masticando con lentitud, pensativo. Empezó a oir el viento. Las pequeñas aberturas en la madera que conformaba su casa funcionaban como conductos del aire, creando corriente que silbaba de forma fantasmagórica cada vez que llegaban esos golpes de viento escalofriantes. La temperatura descendió de forma considerable en un abrir y cerrar de ojos y aquello lo puso alerta. Dejó la carne en la cacerola y se puso en pie muy despacio, oyendo atentamente. Susurros. Oía susurros. Voces que parecían estar muy, muy lejanas al lugar en el que se encontraba. Se acercó a la pared junto al camastro donde tenía apoyada una vieja lanza que aquellos nativos que de vez en cuando acudían a él para que les contara vivencias y sueños que sufría a cambio de "purificación espiritual" que Sullyvan creía completamente innecesaria e inútil le regalaron hace tiempo, según ellos, capaz de herir a las pesadillas. La punta era una extraña piedra de un material que no conseguía identificar, estaba afiladísima y de ella parecía manar un brillo rojizo, carmesí, que recordaba a la sangre. Una vez armado, Sullyvan abrió la puerta y se asomó a la enormísima oscuridad que rodeaba su casa, interrumpida por algún que otro punto de luz en el alejado pueblo de Woodnacht donde sus fanáticos habitantes aún hacían vida nocturna. Los susurros se acallaron y el viento desapareció tan súbitamente como había aparecido. Suspirando, sintiendo el sudor frío recorrerle el cuerpo, el hombre volvió al interior de su hogar cerrando la puerta con cuidado. Cuando se volteó para dejar la lanza apoyada en la pared, estaba ahí todo cuanto había temido. Anclado a la pared como una araña enorme y llena de cabellos goteando sangre, empapando el suelo, la misma pared y parte de la cama, la criatura, si es que se le podía definir incluso de ese modo, le observaba con ojos dorados, abultados, sin iris alguno. Tenía forma humanoide, con tronco brazos y piernas cubiertas de esa maraña de cabello ensangrentado. Por un instante creyó ver al legendario hombre lobo que tantas veces se había oido en rumores, pero él sabía que no se trataba de eso. Lo que estaba viendo no era un rumor, era algo que era real y no al mismo tiempo. Aquella cosa, cuya cabeza era similar a un hocico de perro largo y torcido, abrió sus fauces de forma horizontal mostrando una hilera de dientes sin fin y varias lenguas delgadas como retales de tela rojiza. Sullyvan aferró la lanza con fuerza y se preparó para defenderse de esa horrorosa visión. Justo antes de que el extraño ser se lanzara sobre el hombre y el hombre a su vez se prestara al ataque lanza en ristre, vio que de entre las sombras que proyectaba el pequeño fuego de la cacerola manaban zarcillos como tentáculos que se arremolinaban en torno a él para apresarle.
Sullyvan despertó gritando, bañado en sudor, en el suelo. Se había quedado profundamente dormido ante la cacerola que había puesto para cenar. La comida se había echado a perder completamente a esas horas. Los primeros rayos del sol ya entraban por entre los maderos que conformaban la pared y estructura de su casucha. Le faltaba el aire. Le temblaban las piernas de puro terror. Se llevó las manos a la cara y sollozó con fuerza, tratando de no romper en un profundo llanto que lo llevaría al mismísimo delirio. Otra vez, un día más que afrontar, tras una noche infernal en la que no había logrado vencer a la necesidad de dormir. Pero debía hacerlo, debía soportarlo para sobrevivir. Pero en esos momentos, con el alba, lo que le tocaba era vigilar el pueblo maldito de Woodnacht.
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