El olor a carbón inundaban los frágiles pulmones de la chica, que sumida en pensamientos, respiraba a través de un pañuelo blanco para así evitar la molesta tos que provocaba su común asfixia. El traqueteo del ferrocarril no la ayudaba a relajarse lo suficiente, a pesar de los bellísimos y luminosos paisajes arenosos, en tonos amarillos y rojizos, que se dejaban ver a través de la gruesa ventanilla de cristal. Por ello, el malestar empezaba a hacer mella en Rose. Estaba cansada. Se sentía perdida en aquellas tierras, en aquel continente tan distinto al que ella pertenecía. Las dudas la asaltaron. ¿Y si habían vendido su casa para nada? ¿Y si se habían arruinado por una estupidez? Inconscientemente, arrugó el pañuelo que sostenía hasta que los nudillos de su mano se pusieron blancos.
-Mira este cielo, Rose ¿No es genial? Es tan... azul- aseguró Benjamin Miller, su padre, sentado frente a la chica. Era consciente de sus nervios, y de la repercusión que tenían en su débil hija, de manera que decidió distraerla con una charla banal. Normalmente, solía funcionar.
-Me siento perdida en este sitio...- se quejó Rose.
-Todos nos sentimos perdidos cuando nos alejamos de nuestro hogar. Algunos deciden partir sin nada más que unos zapatos mal cosidos. Nosotros, al menos, marchamos con la seguridad de que tenemos un lugar al que ir-
-¿Y si...? ¿Y si no les gusto? ¿Y si piensan que soy una molestia?- Rose se mordió el labio inferior y cerró los ojos. La idea de ser una carga para alguien la aterraba demasiado.
-No vas a ser una molestia. Ya verás. Todo va a cambiar a partir de ahora. Este cambio te sentarás bien. Mejorarás. Pronto mejorarás- La chica miró a su padre de reojo. Estaba tan esperanzado desde que el doctor le dijo en la última visita que el aire de Londres perjudicaba a la salud de su hija, y que un cambio de aires, un traslado hacia un lugar con un aire más puro y menos contaminado, mejoraría su estado, que cualquier palabra negativa y en contra la obviaba. A Benjamin no le hizo falta demasiado tiempo para poner en venta su humilde hogar y todos los recuerdos que éste contenía, cuando tras un intercambio sencillo de cartas, su hermano Maximilliam, residentes desde hacía años en lejanas y rojizas tierras del Oeste de América, le sugirió que ambos fuesen a vivir con él y empezar una nueva vida en Woodnacht. Rose intentó persuadirle, convencerle de que perderlo todo para pagar un viaje podría costarles caro, pero no hubo forma de retraer las ideas de Benjamin. Ahora, ambos se hallaban en el interior de un ferrocarril, demasiado lejos ya de Londres, demasiado cerca de Woodnacht. Rose lanzó una mirada distraída a la silla de ruedas que descansaba junto con sus modesto y escaso equipaje. Sabía que no se iba a deshacer de ella jamás.
El ferrocarril frenó lentamente, haciendo que algunos viajeros que, imprudentemente se hallaban en pie, tropezasen cuando el movimiento cesó. Benjamin se puso en pie y se ajustó los tirantes que vestía bajo una oscura chaqueta gris. Rose se había fijado, a juzgar por el resto de ropas vestidas dentro de aquel tren, que la ropa de ambos desentonaban con la tendencia de aquel lugar. Mientras que ambos vestían ropajes oscuros y sobrios, la gente de aquellas tierras, conjuntaban su marcado y descuidado acento junto con unos ropajes más llamativos y coloridos. -¿Hemos llegado?-
-No. Maximilliam me dijo que no podríamos llegar hasta Woodnacht tan cómodamente. Si no me equivoco, esta ciudad es Clearwater. La casa de tu tío debe estar... A unos doce kilómetros- A la chica le pesó la distancia sobre sus hombros a pesar de que no podía usar las piernas para recorrerla.
-¡¿Doce kilómetros?!-
-Rose, la vida aquí no es como en Londres. Allí todo son facilidades. Aquí tendremos que adaptarnos un poco ¿De acuerdo? No desfallezcamos antes de empezar-
-¿Han venido a buscarnos, al menos?-
-En su última carta, mi hermano me explicó que no podría hacerlo. Tiene asuntos personales que atender. Supongo que el trabajo en una hacienda es demasiado... agotador, para ser llevado sólo por dos personas. Mi mano les vendrá bien- Benjamin sonrió al decir aquello, pero Rose suspiró. Su padre no era un hombre joven. Acababa de entrar en los cincuenta, y lo que menos necesitaría su cuerpo ahora era laboriosos trabajos de campo. -Vamos. En pie. Cuanto antes lleguemos, antes descansaremos-
La muchacha se puso en pie con ayuda de un bastón bastante antiguo y feo. Caminó con tranquilidad hasta la salida del tren. Una vez en ella, tuvo que hacer un enorme esfuerzo para bajar los escalones, inconvenientemente demasiados separados el uno del otro. Tras ella, su padre cargó la silla de ruedas, cuyo peso era casi insoportable, junto con el par de maletas que conformaban el equipaje. El ferrocarril partió, dejando tras de sí una enorme nube negra que Rose apenas pudo digerir. Tosió hasta que sus pulmones no pudieron hacer más esfuerzo, y luego, se calmó. Se sentó sobre la silla y Benjamin comenzó a empujarla para salir de aquella estación tan rústica.
Lo que se abrió a los ojos de ambos, era algo que ni si quiera tras las ventanillas del tren pudieron apreciar. Un enorme paraje de cielo azulado, sol brillante y caluroso, relieves enormes y rocosos, y arenosas y polvorientas tierras rojizas surcadas por cientos de arbustos y hierbajos autóctonos. Rose inspiró hondo. El aire de aquella ciudad, aparentemente ganadera, era limpio y ligero. No tenía nada que ver con el aire cargado y maloliente de Londres. Sus pulmones agradecieron cada bocanada de aire. Tanto fue así, que tuvo que sonreír, aliviada por un momento de dudas y miedos. Benjamin, al verla, también sonrió. Encontró fuerzas y motivación suficiente para empujar la silla sobre el suelo sin adoquinar, en dirección hacia el Norte. Woodnacht se hacía de esperar.
Tras cuatro horas de constante camino, siguiendo un mapa antiguo y desprovisto de pistas que condujesen hacia la ciudad señalada, Benjamin decidió detener el paso. Sudaba a mares. Su rostro estaba totalmente empapado, tanto como sus cabellos rubios y su bigote señorial. Rose también sentía aquella calor tan pegajosa y poco habitual en su costumbre. Se deshizo de cuanta ropa pudo hasta que nada más que su vestido y ropa interior quedaron sobre su cuerpo. Apoyándose de nuevo en el bastón, se puso en pie. -¿Qué haces, hija? Siéntate- Benjamin abrió mucho los ojos y extendió las manos rápidamente hacia la muchacha.
-Tengo ganas de andar. Se hará más corto el camino si descansas de empujar un rato-
-Pero puedes tropezar- temió.
-Si tropiezo me volveré a levantar. No voy a romperme nada. El suelo húmedo de Londres parece mucho más peligroso que esta arena- Dicho aquello, Rose tomó apoyo del bastón para dar sus primeros pasos en tierras americanas. Se encontraban sobre una pendiente, de modo que la chica, realmente, encontró dificultoso el ascenso. Pero por suerte, al llegar hacia la zona más alta, divisó una enorme casa de color oscuro en mitad de tierras perfectamente labradas. Se colocó la mano sobre la frente para dar sombra a sus ojos. Tras la casa, si agudizaba la vista, podía contemplar lo que parecía una población pequeña, a un par de kilómetros alejada del lugar. -Padre ¿Esa es la hacienda?- preguntó Rose extrañada. Benjamin dio un último empujón a la silla, ahora vacía, hasta llegar a la posición de su hija. Luego, frunció el ceño.
-Sí... creo que es esa. La casa y las tierras son tal y como las describió Maximilliam. Incluso el granero tras la casa... Todo es igual-
-¿No se suponía que estaba más lejos?-
-Sí, pero... Debemos haber llegado más de prisa de lo que esperábamos.- Benjamin encogió los hombros y puso los ojos en blanco. -Bien por nosotros- sonrió. -¿Preparada para conocer a tu tío y prima?- Rose se mordió el labio, pero no contestó. -Me lo tomaré como un sí.-
La chica volvió a sentarse sobre la silla, pues se sintió agotada por un momento. Benjamín continuó empujando, ahora pendiente abajo, hasta llegar a una distancia prudente de la casa desde la que Rose pudo apreciarla mejor. Una cabeza de pelos rojizos y rizados asomó por un instante desde una de las ventanas superiores. Desapareció, y a los segundos, abrió la puerta, mostrando su verdadero físico. Se trataba de una mujer alta, de nariz aguileña y rostro surcado de pecas. Debía tener la misma edad que Rose, y sin embargo, parecía ligeramente más mayor. Esbozó una sonrisa radiante, brillante, enorme. Por último, dirigió la mirada hacia dentro de la casa, un lugar que la oscuridad no pudo mostrar desde fuera. -¡Padre! ¡Están aquí ya!-
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