El pecho de Rose subía y bajaba a una velocidad pasmosa. Tanto fue así, que empezó a toser, a sentirse asfixiada, a ser incapaz de respirar con normalidad.
Por suerte Alice despertó antes los incesantes intentos de su prima por recobrar el aliento -¿Rose? ¿Que te pasa, Rose?- La chica miraba a su prima con una mirada suplicante. Quería hablar, pero no podía. La tos era demasiado grande, demasiado violenta. -¡Padre! ¡Tío Ben!- alertó la pelirroja, haciendo que ambos hombres corriesen por los estrechos pasillos de la casa hasta llegar a la habitación de las mujeres, aunque fuese vistiendo aún unos ropajes de dormir amarillentos.
-¡Rose! ¡Tiene un ataque!- aseguró su padre, abalanzándose a la cama y alzándo a Rose desde la espalda.
-¿Un ataque?- Alice estaba inquieta, sin saber bien qué hacer o donde ponerse
-Sí, a veces ocurre, cuando se pone demasiado nerviosa o la contaminación en el aire es insoportable para ella- murmuró Benjamin mientras masajeaba la espalda de su hija, quien no dejaba de convulsionar -Vamos, Rose. Respira... Respira...- Susurró -Cierra los ojos. Estás a salvo. Estás en mitad de un campo... Hay flores... Estás echada sobre la hierva y huele... Huele muy bien- Mientras el hombre hablaba, Maximilliam y Alice miraban anonados la escena. Rose, poco a poco, fue recobrando el aliento. Su cara, antes pálida, empezó a sonrojarse de nuevo. Las lágrimas que había derramado a causa de la tos, comenzaron a secarse. Costó largos minutos, pero con la constancia paternal de Benjamin, el silencio volvió a reinar en la habitación.
Rose no sabía qué decir. Miró avergonzada a sus familiares, quienes acababan de ver uno de los peores momentos que podía llegar a sufrir, por una cosa tan estúpida como una... pesadilla. Pero, esa pesadilla... Era tan real. Prestañeó varias veces, incluso frunció el ceño algo extrañada por haber experimentado algo tan vivido como esa pesadilla. Y Sullyvan... Él aparecía... -¿Puedo beber agua?-
-Claro, cielo- Benjamin se puso en pie -De hecho, creo que es mejor que os vistáis...- Murmuró algo avergonzado. Ellos no estaban presentables, pero ellas menos aún y se había dado cuenta. -...Y bajéis a desayunar. Un té te sentará mejor que un vaso de agua, Rose.- Dicho aquello, ambos hombres se marcharon, dejando de nuevo a las mujeres solas.
-¿Todo bien?- Preguntó Alice, sentándose en la cama de Rose. Su forma de ser, tan calurosa e invasiva, estaban dejando de sorprender a la chica que poco a poco empezaba a encontrarse mejor.
-Sí, discúlpame... A veces me ocurre-
-¿No has dormido bien?-
-No, o sea, sí.- Se corrigió -Quiero decir que la cama es cómoda y las sábanas cálidas. Es solo que... he tenido una pesadilla-
-¿Una pesadilla? Oh, a mi también me ocurre. ¿Que has soñado?- Quiso saber la chica, mientras peinaba los cabellos de su prima con sus propias manos, apartándoselos del rostro y alisándolos contra su espalda. Rose se puso tensa, como un resorte. ¿Como contar lo que había soñado? ¿Como decirle que en sus sueños, el loco del día anterior la había besado?
-No es nada, prefiero no recordarlo-
-Está bien, no te atosigaré. Pero al menos... Me gustaría saber qué te pasa exactamente. ¿Que enfermedad es la que tienes?- Preguntó la pelirroja mientras se movió por la cama hasta estar frente a la chica. Rose se tomó un momento, y después, tomó aire.
-Es algo raro. Incapacidad pulmonar o algo así- Confesó con tristeza -Me ocurre que... Pequeños esfuerzos, que para cualquier persona son insignificantes, para mi son una odisea. Subir unas escaleras, andar más de quince pasos, estar más de diez minutos en pie... Actividades que hacen que cualquiera respire con normalidad, a mi me provocan una enorme asfixia. Todo es cansado y dificultoso para mí, es como un equivalente a estar corriendo durante horas sin parar-
-Vaya...-
-Antes lo soportaba mejor. Mis piernas estaban fuertes aunque mis pulmones no. Pero ahora...- Rose se levantó lentamente el camisón hasta mostrar sus piernas. Eran delgadas, muy delgadas. La piel lechosa lucía poco sobre tan escasa masa muscular -Como apenas podía moverme, las piernas ya no son lo que eran antes. Ahora ya no tengo fuerza- Explicó con voz pausada. Alice no pudo apartar la vista de aquellas piernas. Se atrevió a extender una mano y acariciar una de ellas. Al principio fue un contacto tonto e insignificante con los dedos. Después, el contacto se agrandó bajo la palma de su completa mano. De la rodilla al tobillo, del tobillo al muslo... Rose, por alguna razón, no apartó la pierna. Estaba hipnotizada con el vaivén de su mano, a pesar de no sentirse a gusto.
-Te pondrás bien- Sonrió Alice cuando se alejó -Ahora hagamos algo mejor por ti ¿Quieres?-
Rose bajó, sobre los brazos de su tío, vestida con ropajes que Alice guardaba en el armario. Una camisa blanca con rayas marrones y una falda larga del mismo color. Jamás se había visto a sí misma luciendo tantos colores y el efecto le extrañó. ¿Se podía decir que la animaba? Era posible. El desayuno, por su parte, transcurrió rápido. Las tierras de cultivo llamaban temprano a los hombres de la casa, haciendo que ambas chicas se quedasen solas una vez más. Sin embargo, aquella mañana, Alice no parecía estar por la labor de limpiar y adecentar el hogar una vez más -¿Te apetece ir al pueblo?-
-¿Al pueblo?-
-Para conocerlo mejor. Apenas viste ayer nada de él, y tiene sitios preciosos. Ya verás. Te va a gustar- En la mente de Rose, apareció el hombre loco una vez más. ¿Estaría allí otra vez? La idea de verle de nuevo era muy extraña y molesta. La hacía sentir violenta. Sin embargo, no pudo contrariar a su prima, quien tomó la silla de ruedas y empujó de ella hasta llevar a Rose a la salida. Al menos... le vendría bien tomar al aire.
Woodnacht lucía exactamente igual que el día anterior. La gente caminaba de un lado para otro, haciendo las actividades que sus vidas diarias requerían. Se abrían paso conforme ambas mujeres pasaban, mirándolas de forma quieta y rígida, con unos ojos impasivos. Rose sintió un escalofrío enorme recorrer su cuerpo. Las escenas vividas en su pesadilla, se recreaban en su mente de nuevo como si se hubiese grabado cada una de ellas a fuego en su mente. Mientras, Alice charlaba y charlaba. Era una chica demasiado alegre, demasiado vivida, demasiado fugaz. En parte, Rose empezaba a envidiarla. Debía ser un imán para los hombres, su presencia debía ser entretenida para cualquier persona. -Aquí está la oficina del Sheriff, ahí delante venden bastantes bebidas y aquí... ¡El Sueño Oscuro!- A Rose le llamó la atención ese nombre
-¿Sueño Oscuro?-
-Es un Saloon muy reconocido. Acuden muchos hombres y algunas mujeres para pasar un buen rato. Para venir aquí uso esa ropa interior que te enseñé...-
-Oh... Comprendo-
-Ya vendremos. Sigamos- Rose frunció el ceño cuando Alice continuó empujando la silla hasta el final de la calle principal. Atrás dejaron a las personas, los comercios y las oficinas.
-Alice ¿Que queda por ver?-
-Lo mejor de todo...-
Ambas mujeres acabaron a pocos metros alejadas del pueblo, en mitad de la nada, rodeadas de arena rojiza e insectos molestos. Sin embargo, Rose supo rápidamente que era lo que Alice quería enseñarle. En mitad de la llanura, se hallaba una leve inclinación del terreno que conducía hasta un orificio enorme, sujeto con vigas de madera y rodeado de cubetas y vías para carretas. Una mina. Las famosas minas del lejano oeste. Una mina, de seguro, saqueada de oro. -¿A que es genial?- preguntó Alice sin poder apartar la vista de la abertura.
-Solo es una mina-
-¿Quieres verla por dentro?-
-No creo que...-
-¡Vamos, no pasa nada! He venido cientos de veces, sobretodo cuando me enfurecía con mi padre. Ya no trabaja nadie aquí. Es segura- Siendo una invitada aún, Rose no se atrevió a contrariar los deseos de su prima, de forma que se dejó guiar una vez más hasta la boca de aquella enorme abertura.
La oscuridad las rodeó a ambas, así como el olor a tierra húmeda y el frío. Cuanto más se alejaban de la salida y más se adentraban en el tunel, peor era la visibilidad. -Es muy bonita ¿Nos vamos?-
-¿Ya quieres irte?-
-¿Qué más puede hacerse en una mina? Además... me empieza a faltar el aire aquí. No me encuentro bien-
-Tranquilízate. No te pongas nerviosa, Rose. Respira tranquila-
-Alice, de verdad. Por favor. Salgamos de aquí- Rogó la chica, que poco a poco fue sintiéndose extraña, atrapada, inmovilizada entre las paredes de tierra. Sus vellos corporales estaban de punta de forma constante y las puntas de sus dedos estaban heladas. No le gustaba aquella sensación.
-De acuerdo, de acuerdo. Pero antes, déjame enseñarte algo. Ven, ponte en pie- Alice rodeó la silla de ruedas y ayudó a su prima a ponerse en pie tirando de sus manos. -¿Lo oyes?-
-¿El qué...?- Preguntó nerviosa.
-Desde pequeña siempre he tenido la sensación de que... los túneles hablan. De que alguien habla- Sintiéndose estúpida, Rose agudizó el oído. No supo por qué se dejó llevar y lo hizo a sabiendas de que sabía que no escucharía nada. Supuso que sólo quería darle el placer rápido a los juegos de su prima.
-No se oye nada, Alice. Es el viento.-
-No Rose, escucha mejor. Ven- La pelirroja tomó de la muñeca a la chica y la instó a dar un paso hasta acercarse a la pared.
-¿Estás intentando asustarme?-
-Yo no te asustaría nunca, Rose. No pienses eso de mí- Advirtió con deje ofendido -Nunca te obligaré a hacer nada que no quieras, no te haré daño ni te provocaré otro ataque de asfixia por ninguna borma si es lo que piensas. Pero te digo de verdad que hay alguien aquí, hablando.- Rose no supo que decirle. Se limitó a mirarla de forma incrédula. -Ven, pon el oído en la pared y cierra los ojos. Verás como estoy en lo cierto. En cuanto lo hagas, nos iremos.-
-¿Lo prometes?-
-Lo juro- La chica bufó y tomó aire de nuevo. Dio un par de pasos y tocó con las manos la pared. La tierra se desmoronaba a su tacto levemente. Estaba fría, helada. Lentamente, colocó un oído en la pared y cerró los ojos.
Un latido. Una contracción. Un movimiento. Quizás algo más que un movimiento. Quizá algo distinto a un movimiento. Un susurro, una voz gutural y a la vez algo que no era una voz. Un lamento, una advertencia. Un grito.
Rose gritó y se separó de la pared como si esta quemara. Respirando entrecortadamente, miró horrorizada a la pared en la que sabía, había escuchado algo. Pero al mirar a su al rededor, se encontró sola. No estaba Alice, no estaba su silla ni tampoco estaba su bastón. -¡¿Alice?!- la llamó -¡¿Alice?! ¡¿Donde estás?!- Rose sintió miedo, un miedo enormemente aterrador. Intentó salir de aquella mina, andar rápido o correr, pero no pudo. A los pocos pasos sus piernas fallaron y Rose cayó desplomada en el suelo. Sentía que se volvía a asfixiar, sentía que le faltaba aire y fuerzas para salir de allí. Estaba atrapada.
Amo de los Sueños
jueves, 18 de enero de 2018
-No duermas-
La joven Rose despertó en su cama como si acabara de oir esas palabras. Con los párpados pesados y cansada por la falta de sueño interrumpido, trató de rebuyirse en las sábanas y volver a conciliar el sueño. Se giró lentamente para encarar una postura más cómoda y parpadeó ligeramente buscando relajarse, pero fue eso precisamente lo que la terminó de despertar. Con un veloz respingo que la hizo sentir mareada y un gemido de terror, se irguió en la cama al ver que había una persona frente a la ventana, con si silueta recortada por la luz de la luna. Por un instante creyó que era su prima, pero no. Era una mujer completamente desconocida. El terror se hizo hueco en ella cuando se percató de que no era la única. Un coro de habitantes del pueblo rodeaban su cama, de nuevo, en aquella postura estática, como palos clavados en el suelo, mirándola fijamente, sin expresión, sin emociones, sin pestañear. Eran a todas luces unos inquietantes muñecos realistas que guardaban su cama. El pulso de Rose se aceleró a niveles agigantados y llamó velozmente a su padre, a su tío, a su prima, quien fuera, pero no obtuvo respuesta alguna. Se fijó en que la cama de su prima estaba vacía, revuelta. Se había ido ¿Quizá al baño? ¡Daba igual! ¿¡Dónde estaban todos!? Temblando, se atrevió a preguntar qué querían, quiénes eran, pero como las mismas figuras que parecían, no se inmutaron, se quedaron ahí, clavados, sin siquiera parecer respirar. Rose echó mano como pudo al bastón y trató de levantarse. Encontró una sorprendente resistencia y fuerza en sus piernas que le permitió alejarse hasta la puerta, donde observó la situación. Ni siquiera se movieron un ápice cuando pasó entre ellos para huir y seguían sin moverse, aún fijos mirando la cama vacía iluminados por la fantasmagórica luz del exterior. La chica no daba crédito a lo que veía y lo peor es que parecía estar sola, no rescataba el recuerdo de que se le informara de que saldrían a algún lugar. Y esa gente... ¿Qué demonios le pasaba a esa gente? Entonces la casa la recorrió el estruendo de un golpe sordo, grave y hueco, seguido de otro, y otro más. Golpes. Se oían claros golpes en la planta inferior, en el salón. Buscar un posible peligro mayor denotaba una grave falta de inteligencia, pero quizá era su padre, Alice o Maximilian y necesitaban ayuda. Todo era mejor que estar con esas extrañas presencias en su habitación. Haciendo acopio de fuerzas caminó torpemente, falta de costumbre, hasta las escaleras. No se percató de que no se asfixiaba ni le calambreaba el cuerpo, ni tosía. La adrenalina bullía en sus venas y empezaba a aquejarle un severo dolor de cabeza. Se encaramó con fuerza a la barandilla de las escaleras y bajó con torpeza y lentitud, clamando a gritos los nombres de sus familiares, pero de nuevo, no obtuvo respuesta. El salón era una gigantesca masa de oscuridad cuando por fin llegó abajo. Nada, no había nada, pero el sonido de los golpes se intensificaban, estaba cerca, muy cerca. Lo pudo comprobar cuando giró la esquina que hacía la escalera, encarando lo que su tío usaba como cocina. Allí había unas velas iluminando la mesa del comedor y a las personas que allí estaban. Sentada sobre la mesa con las piernas muy abiertas y completamente desnuda una mujer se desgañitaba en salvajes jadeos mientras un hombre la penetraba con golpes tan prominentes que retumbaba por completo la mesa y eso eran los golpes que la chica oía. A cada acometida del amante la mujer clavaba las uñas en la espalda de su compañero de sexo abriéndole la carne con severas heridas que sangraban profusamente, regando su espalda, sus lumbares, su trasero y sus piernas. Goteaba en el suelo con prominencia, como finas cascadas, lágrimsa carmesíes que no parecían molestar al susodicho, que embestía cada vez con más brutalidad y fuerza, hasta que ya no sólo se oía la mesa retumbar, sino el restallido de las carnes de ambos fornicadores. La mujer ya empezaba a gritar de puro placer... o dolor. Rose no pudo identificar el tipo de alarido que la chica estaba soltando. No era demasiado mayor tampoco. Lo pudo comprobar cuando por un instante sus miradas se cruzaron por encima del hombro del amante. Entonces se quedó helada, quieta, como una figura, al igual que los de arriba. Pese a semejante hecho, el hombre prosiguió y prosiguió. Rose estaba completamente enajenada ante la situación que se le estaba pintando. Sola en una casa ajena, extraños rodeando su cama, dos desconocidos teniendo un sexo salvaje y sórdido, inhumano, sobre la mesa donde comían. El estómago se le revolvió con severidad y no pudo evitar llevarse una mano a la boca en un alarde inconsciente por no vomitar. En ese instante el hombre pareció ser consciente de su presencia. La miró por encima del hombro y de nuevo, aquel extraño efecto de figura o palo, quieto y parco en cualquier emoción, aunque para ello desenterró el pene de la vagina de aquella mujer, empeorando notablemente la visión de Rose. Del miembro viril de aquel hombre brotaba una suerte de semen cargado, casi gelatinoso, que goteaba pesadamente sobre la manera. Era ligeramente amarillento tornando a marrón. Se comprendía cuando se apreciaba que de la vagina de la mujer brotaban hilos de sangre, como de la espalda de aquel hombre y ahora que la veía con claridad a toda ella, se percató de que sus pechos estaban igualmente llenos de heridas nuevas y viejas, cicatrices, costuras, tonos de piel distintos e igualmente sangrantes. Los ojos sin vida de aquellas personas que se habían congelado en el tiempo espantaron del todo a Rose, que no pudo hacer otra cosa que salir de la casa a toda la velocidad que sus piernas le permitieron, cerrando la puerta con fuerza a sus espaldas. Fue entonces cuando tosió con fuerza y no pudo evitar sentir una poderosa arcada que subió por su esófago como un gigantesco objeto que no tenía hueco para pasar. La tos la asfixiaba demasiado. Estuvo a punto de ahogarse, pero consiguió calmarse, mantener la calma, respirar. Apoyó la frente contra un poste del porche y sollozó ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Qué clase de mundo era en el que se había metido? No tenía sentido, ni razón. Cuando volvió a mirar hacia la puerta, pudo apreciar que en las ventanas junto a la misma estaban todos aquellos habitantes, en pie, igualmente maniquíes, mirándola fijamente y sin mover un músculo ni pestaña. Rose hacía lo posible por mantener un pensamiento lógico y razonable, bajando las escaleras con miedo pese a ser tres escalones, rezando a los cielos porque las piernas no le fallaran en ese momento. Al parecer había gente despierta aún en las calles del pueblo, había una tenue luz que llegaba desde la plaza central, donde las calles convergían. Quizá, pensó la chica, su padre estaría allí. Debía ir, informarle, a él y a su tío ¿Y Alice? ¿Dónde estaba Alice? Era cruel, pero no podía permitirse buscarla. No ella. Debía aprovechar cada ápice de energía que milagrosamente conservaba para llegar hasta aquella plaza y buscar a su padre, pues no tenía más alternativa.
El más bello ideal que la chica guardaba en sus adentros era que al torcer la última esquina que le quedaba, pudiera encontrar allí rostros familiares, pero el espectáculo dantesco y grotesco que aguardaba a sus ojos no era en absoluto lo que esperaba. Casi todo el pueblo, tantos como eran, se congregaban en aquel lugar. En el centro había una pira con llamas tan altas que podrían llegar a acariciar el cielo. Esa era la fuente de la luz. No había nadie moviéndose. Todo eran estatuas con la mirada fija en la pira, pues al rededor de las enormes llamas había gente, un pequeño grupo de gente que sí parecía tener en funcionamiento su psicomotricidad y ante las mismísimas llamas, casi quemándose, una cruz de madera de altura similar a un hombre con una persona crucificada de una forma horrible. No sólo las manos y los pies, sino los codos, rodillas y hombros estaban perforados por unos clavos enormes y gruesos que amenazaban con descuartizarle en cualquier momento. Rose se sintió mareada ante tal visión. No sólo por eso, sino porque quieres rodeaban la pira frente al crucificado eran mujeres desnudas, tumbadas lánguidamente en el suelo, rodeando con sus piernas a aquellos que arrodillados frente a ellas las penetraban al unísono como un baile perfectamente coreografiado. El ambiente estaba lleno del crepitar del fuego y de los gemidos de placer de aquellas damas que no conocía de nada. El horror consistía en que mientras eran penetradas con el mismo ímpetu que la desconocida de la casa de Maximilian, unas personas con extraños ropajes y máscaras de hueso horripilantes, como si fuesen una suerte de sacerdotes, deslizaban afilados utensilios sobre los pechos de las mujeres y los torsos de los hombres, arrancando láminas de piel de donde podían. El espectáculo a la par de grotesco, era sangriento hasta cotas inimaginables. Todo era rojo. Cada cuerpo que Rose veía era de un rojo carmesí que le revolvía cada parte de su cuerpo. A la joven le faltaba el aire y las piernas ya le temblaban, le calambreaban y amenazaban con tirarla al suelo en cualquier momento, pero había algo, un ápice de locura que le impedía dejar de mirar. Un hombre igual que aquellos sacerdotes, salvo por la excepción de que llevaba una suerte de corona vieja, de acero oxidado con forma de púas, tomó las pieles que los sacerdotes tomaban de los fornicadores y comenzó a coserlas con dificultad debido al grosor de las mismas. Luego se acercó al individuo en la cruz y le alzó la cabeza. Ese hombre... no tenía cara. Era un amasijo de carne y nervios supurantes, pero sus ojos se movían ansiosos, nerviosos, aterrorizados: vivo. Ese hombre pese a todo estaba vivo y en esos momentos parecía el único, a parte de Rose, que parecía estar en sus cabales. Lo peor fue la extraña sensación de que Rose conocía esos ojos, eran verdaderamente familiares. Lo supo por un instante entonces, cuando por algún motivo aquel hombre atravesó el mar de rostros y se fijó en Rose. La miró con intensidad inteligente, con súplica, con pesar, con una tristeza insondable. Benjamin. Era su padre. El mar de lágrimas brotó de los ojos de la chica mientras el sacerdote alzaba la voz -Bienvenido al círculo, hijo de Cthogoth. Bienvenido a tu nueva y única familia- recitó, mientras le colocaba la insidiosa máscara de piel y carne sangrienta sobre su rostro arrancado y desfigurado -Su sangre es mi sangre- recitó el sacerdote y con él, el pueblo entero resucitó por un instante clamando con voz monótona, muerta, pero bien en alto, la misma frase. Comenzaron a repetirlo en un bucle asfixiante y ensordecedor. Rose sintió de nuevo aquellas terribles ganas de vomitar. Tosió y tosió, esta vez convencida de que no lo retendría ni sus piernas la soportarían más tiempo. Cuando sintió el horrendo sabor en la boca, una fuerte mano la agarró del brazo y tiró de ella para voltearla. Él. Sullyvan
-Te dije que no durmieras- regañó con mirada furiosa -Maldita sea, te dije que te fueras ¡Que no durmieras! ¿Por qué lo has hecho? ¿¡Por qué!? ¿¡POR QUÉ TE HAS DORMIDO!?- Rose se deshacía en llantos mientras Sullyvan la sujetaba. El hombre la observaba venirse abajo, derrumbarse. Cada vez le pesaba más en los brazos. Sus rodillas temblaban y la tos, esa tos... La chica movió la cabeza en un amago de por fin liberar lo que su garganta trataba de retener, pero en ese preciso momento, como llevado por un febril deseo, Sullyvan le tomó el rostro y la besó con fiereza. Usó su propia boca para separar los labios de la joven y devoró sus labios, ahondó con su lengua y se enredó en la de la chica. Un beso amplio, profundo y húmedo en mitad de aquella insondable pesadilla de horror y locura. Fue apenas unos segundos, pero la sensación de vómito se esfurmó del cuerpo de la joven una vez se encontró con los labios de Sullyvan. El hombre se separó de ella con enfado, sin embargo. La miró con ojos cansados, apesadumbrados y llenos de miedo. Se pasó un dedo por sus propios labios y se miró -Aún... tienes una oportunidad...- masculló antes de darse media vuelta -No duermas...- le dijo una vez más. Rose perdió la fuerza en las piernas y se derrumbó en el suelo. Su cerebro se apagó después de todo lo que acababa de ver.
Despertó al alba, con los rayos de un suave y cálido sol acariciándole las mejillas entre las sábanas, en la cama instalada en el cuarto de su prima. Algún que otro pajarillo cantaba feliz y en paz en el exterior de la ventana. Y en la mente de la chica la visión de un Sullyvan que se marchaba, repitiéndole de nuevo que no durmiera, jurando que le vió los labios teñidos de sangre antes de que se diera la vuelta.
miércoles, 17 de enero de 2018
El viento se alzó en Woodnatch mientras la recién unida familia almorzaba al rededor de una raida mesa un tanto pequeña para albergar a cuatro personas al rededor de la misma. El silencio sepulcral hacía que se oyese perfectamente como las rágafas de viento pasaban entre las tablas de madera que componían las puertas y las ventanas de la hacienda, dotando al hogar de un tinte siniestro e inquietante para Rose y Benjamin, quienes estaban acostumbrados a los fuertes ladrillos y el grueso hormigón.
Degustaban una sopa de verduras mientras se miraban entre ellos. Rose se sintió inquieta dada la falta aún de confianza, de forma que decidió no apartar la vista de la sopa en todo momento que pudo. -La he preparado yo ¿Sabe bien?- quiso saber Alice. Sus rizos rojizos caían sobre sus hombros como cataratas rebeldes y sus ojos expresaban una expectación casi incontenible para ella misma. En su composición, Alice parecía una niña atrapada en el cuerpo de una mujer completa. Aunque la sopa hubiese estado fea y asquerosa de sabor ¿Como decírselo sin llorar por herir sus sentimientos?
-Está deliciosa. El sabor de la verdura es... distinto al que tenemos en Londres-
-Al que teníais, querrás decir- corrigió la chica.
-Alice, no seas así- la regañó su padre. -Perdonadla. A veces pienso que la falta de figura materna la ha convertido en una niñata imprudente-
-No, no pasa nada. La chica tiene razón. Ya no nos queda nada en Londres- explicó Benjamin -El precio del barco y el ferrocarril para llegar aquí se ha pagado con el dinero de nuestra casa. Ya no tenemos trabajo ni techo al que regresar-
-No hará falta, Benjamin- Maximilliam dio un sorbo a su vino -Cuando os asentéis del todo, cuanto tengáis confianza y encontréis las virutes de estas tierras, estoy seguro de que no deseareis volver jamás. Miradme a mi. Hace más de veinte años que vine... y nunca regresé- sonrió.
-Madre siempre dijo que estabas loco-
-Madre estaba senil antes incluso de que me marchase- ambos hombres sonrieron. Incluso Alice lo hizo, pero Rose no pudo. -Cuando recibí tus cartas, en las que me hablabas de las dolencias de Rose, rápidamente supe que te debería haber traído conmigo. A ti, a tu mujer y a Rose. Londres está sumida en... la industria. Eso no puede ser bueno. Esas nubes negras de las que hablabas... Ya veréis. Rose mejorará muy pronto-
-¿Y si no lo hago?- terció Rose, interrumpiendo a todos el ritmo normal del almuerzo.
-Hija, por favor...-
-Existe esa posibilidad. El doctor solo hizo una recomendación, no un tratamiento. Mis piernas son débiles y mi capacidad para respirar... bastante torpe. ¿Que tiene que ver eso con el aire limpio?-
-Te sorprendería- sonrió Alice. Rose frunció el ceño, sin comprender ese comentario.
-Hagamos una cosa. Si en... pongamos, un mes, tu estado no ha mejorado, recurriremos a un buen doctor de esta ciudad. Es caro, muy caro, pero me comprometo a pagarlo si la mejoría no ocurriese. Quizá una segunda opinión, medicinas locales... Podrían ayudarte.-
-Yo no...-
-Aun así, insisto. Mejorarás- Maximilliam tomó una cucharada de sopa dando la conversación por finalizada. La chica no se atrevió a decir nada más. No quería sonar pesimista ni quitarle las ilusiones a su padre. Era mejor así, de momento.
La tarde concurrió bastante rápida. Benjamin decidió no perder tiempo en sus obligaciones, de manera que tras acomodar sus pocos enseres en la que sería su nueva habitación, se marchó a las tierras que rodeaban la hacienda para trabajarlas junto a su hermano. Al parecer, el trigo era lavorioso, así como el cultivo de frutas, pero hasta entonces, Maximilliam había sido capaz de soportarlo todo él solo con sus propias manos. Sin embargo, a sabiendas de la llegada de Benjamin, se había replanteado arar nuevas tierras bajo su titularidad, destinadas a la plantación de algodón. Decía que estaba en auge, que pagarían bien por él y Benjamin no lo dudó. Rose y Alice se quedaron solas en la hacienda durante horas. Horas demasiado largas.
La chica estuvo sentada toda la tarde en su silla, junto al enorme ventanal del salón, leyendo algunos libros que su tío tenía en una modesta estantería. De vez en cuando, veía a Alice caminar de aquí para allá. Sus labores pertenecían al hogar. Limpiaba, lavaba la ropa, cocinaba y de vez en cuando vagueaba un poco. -¿Quieres que lave tu ropa?- preguntó tras bajar las escaleras.
-No hace falta-
-Las he cogido ya. Se iban a arrugar en tu maleta. Espero que no te moleste- Rose suspiró.
-Bueno... está bien. Es solo que no quiero que trabajes de más por mi-
-No pasa nada. Lo hago siempre. Me he fijado en que tus ropas son muy... oscuras-
-Digamos que la moda en Londres es así- sonrió. Aquellas palabras capturaron la curiosidad de Alice, quien no dudó en acercarse y tomar asiento junto a ella.
-¿Sabes? Siempre pensé que las mujeres de Londres erais muy... tontas- explicó -No te ofendas. Lo digo porque a mi me pareces muy normal. Como si hubieses nacido aquí, salvo por tu acento, claro- A Rose le hizo gracia aquel comentario, de forma que no pudo evitar reír.
-¿Y como es que pensabas eso?-
-No lo sé. Se cuentan cosas. Se habla de que es una ciudad tan... regida por las normas, tan avanzada y estancada a la vez...Las enfermedades, la histeria femenina... Debe ser como estar encerrada en una burbuja negra sin salida. Me alegro de que no seas como esperaba. Además, eres tan... preciosa- Alice alzó sus manos y las puso en las mejillas de su prima, quien sonrió agradecida por aquel alago. -Cuan equivocada estás...-
-Te lo digo de verdad. Aquí las mujeres son... tan feas-
-Tú eres muy guapa. En serio. Mírate. Ese pelo causaría furor en cualquier sitio-
-¿Y qué? Mira mi piel. Está manchada por el sol. En cambio tú tienes la piel tan blanca y tersa. Estoy segura de que todos te mirarán con envidia aquí. Y con deseo- sonrió picarona.
Rose quiso decir algo, pero no pudo, pues Alice se levantó rápidamente al sentir que alguien se acercaba por su espalda. Benjamin venía repleto de sudor, rojo como un tomate por pasar demasiado tiempo bajo el sol.
-Padre... te va a dar algo. Que ya no eres un muchacho- Advirtió su hija al tiempo que Alice se marchaba. Benjamin, por su parte, se sentó como si se desplomara sobre un sillón situado frente a la chimenea.
-Solo venía a por agua-
-Y a por sombra- sonrió la chica, haciendo que su padre también riese.
-Y por ti. Quería saber como estabas- Benjamin tomó una enorme bocanada de aire y la observó.
-Estoy bien. Un poco aburrida por estar aquí sola- confesó.
-Estabas leyendo- El hombre lanzó una mirada al libro que reposaba sobre el regazo de la chica. Lo había dejado cerrado con una página doblada justo en el momento en el que Alice apareció.
-Ah, sí. Pero... Los libros del tío Max son un poco... Raros- Rose reprimió una pequeña carcajada
-Antiguos, querrás decir- Aseguró Benjamin tras ojear la portada.
-También, pero, he estado ojeando casi todos los de la estantería y son muy raros. Parece que todos relatan historias de miedo con mucho...- avergonzada, la chica se mordió el labio inferior -Erotismo- No acostumbraba a hablar con su padre de temas tan íntimos y adultos, aunque fuese para referirse a ellos como temática. Benjamin por su parte, abrió mucho los ojos -Me dijo que estaba a mi entera disposición. No me dijo nada sobre que fuesen así-
-Supongo que mi hermano habrá desarrollado unos gustos más naturales desde que vive aquí- Explicó, poniendo los ojos en blancos. -No pasa nada. Puedes leerlos. Al fin y al cabo ya eres una mujer. No habrá nada que no conozcas ya ahí- Rose asintió sintiéndose aliviada. Había leído ya ciertos capítulos un tanto picantes y jamás había tenido una lectura así, de modo que no sabía si, siendo soltera y joven, aquello a su padre le molestaría. Al menos en Londres, acostumbraba a pedir permiso a su padre para casi todo. -En cualquier caso... Estoy bastante feliz- La mujer miró a su padre sin saber a qué se refería -Sé que llevamos pocas horas aquí, pero ya siento que este lugar es mi casa. Pensé que me costaría acostumbrarme, pero todo es tan... familiar- sonrió complacido -Lo digo tambien por Max-
-¿Que ocurre?- Benjamin miró de un lado a otro, como si desease que nadie escuchara lo que iba a decir.
-Tu tío se marchó hace muchos años porque era un auténtico cabeza hueca. Decía que quería viajar, conocer mundo, en vez de trabajar como un hombre debía hacer. Robó dinero a tu abuela y se marchó sin decir adiós. A mi no me molestó. Le conocía bastante bien y sabía que tarde o temprano desaparecía. Era su naturaleza- Tragó saliva -A los meses supimos que estaba en América. En sus cartas parecía muy feliz. Aseguraba haber visitado cientos de pueblos a costar de vivir de la mendicidad, el robo o trabajos complicados. Y tras cuatro años regresó a Londres. Fue entonces cuando te conoció-
-No sabía que volvió. Pensé que se fue cuando yo ya había nacido-
-Y así es. Su estancia en Londres duró poco. Recuerdo que había conocido a una mujer en la ciudad extraordinaria, inteligente, una belleza. Y sin embargo... recibió una carta proveniente de Woodnacht. Una mujer de aquí, con la que Max tuvo por bien acostarse, había tenido una hija suya-
-Alice...- Benjamin asintió.
-Max dejó a la nueva señorita y con lo puesto, volvió hasta aquí. Una vez más, sin decir adiós- Se cruzó de brazos -Desde ese entonces, recibí muy pocas cartas de él. En las pocas que llegaron, escribía tan poco... explicaba tan poco...- Benjamin no pudo evitar divagar en sus pensamientos. -Siempre pensé que estaba mal, que algo le debía estar sucediendo. Sólo decía que estaba bien y que ojala viniésemos para vivir con él. Por supuesto jamás le hice caso. Teníamos nuestra vida en Londres, teníamos a tu madre, ambos...- El hombre encogió la barbilla con dolor. El recuerdo de Megan aun era doloroso para ambos, sobre todo para él. Apenas hacía cuatro años de su marcha, pero a Benjamin siempre le parecía que murió hacía tan solo un mes. -Pero dado los consejos del doctor, recordé las constantes sugerencias de Max y... aquí estamos. Y lo mejor es que los cuatro estamos bien. Max está genial y eso me alegra-
-A mi me disgusta que tú estés tan viejo, pero no se lo cuento a mi hija- La voz de Maximilliam resonó desde la puerta del salón. Ni Rose ni Benjamin le sintieron llegar, ni si quiera le vieron, pero ahí estaba. La chica estaba tan sumida en la historia de su padre, que oir la voz de su tío hizo que diese un pequeño salto sobre su silla y se asustase por un instante. -¿Que le contabas de mí a Rose? No quiero que piense nada malo de su tío-
-Nada, Max. Todo cosas buenas-
-Con el tiempo, Rose, comprenderás que incluso soy mucho mejor que tu padre, en todos los sentidos- Su comentario sonó serio. No sonrió para denotar lo contrario. Sin embargo, Benjamin si lo hizo y pareció que el comentario fue bromista. Después, ambos hombres fueron a trabajar de nuevo, y Rose, volvió a quedarse sola.
Al llegar la noche, Max se encargó de cargar de nuevo a Rose escaleras arriba hasta dejarla en su habitación para después cerrar la puerta y dejar a ambas mujeres descansar. La habitación de Alice era sorprendemente oscura, únicamente iluminada por el halo de luz lunar que se colaba de entre las cortinas de la ventana. Rose se frotó los brazos, un tanto incómoda. -A ver, déjame que te ayude- La pelirroja se acomodó sobre la cama de su prima y llevó las manos a la parte trasera del vestido de la chica.
-Puedo hacerlo yo sola-
-Pero has venido aquí para tener a alguien quien te ayude ¿No? Vamos, Rose...-
-Pero es un simple vestido, puedo hacerlo, de verdad. Estoy enferma, pero me basto y me sobro para mis propias cosas-
-Está bien. Quítatelo. Voy a buscarte algo de ropa para dormir- Alice saltó de la cama y se dirigió al armario. Mientras, Rose procuró quitarse el vestido rápido. Lo desabrochó por la espalda y lo dejó caer por todo su cuerpo hasta que éste tocó el suelo. La pelirroja sacó un largo camisón blanco sin mangas y se giró para mostrárselo a su prima.
-Está bien, Alice. Es perfecto-
-Oh vaya...- Alice señaló a la ropa interior de la chica -¿Que es eso?-
-¿Esto?- Rose se miró a si misma -Ropa interior... ¿No?-
-¿Esa es la ropa interior de las mujeres de Londres?- A Alice le costó reprimir una carcajada al ver la camisa de encajes blanca con formas en la zona del pecho, a conjunto con unas anchas enaguas perfectamente planchadas en el cuerpo de su prima.
-Sí... ¿Que tiene de malo?- quiso saber la chica.
-¿Que qué tiene de malo? Observa esto- Sin decir más, Alice se despojó de sus ropajes y mostró su cuerpo semidesnudo, cubierto por unas pequeñisimas enaguas y una camisola corta. Rose se quedó embobada mirándola. Sus formas eran realmente atractivas, y ver a una mujer por primera vez en su vida con tan pocas ropas... se sintió extraña -Compara-
-Está ropa interior sujeta mejor- se señaló
-Pero esta es mucho más cómoda- rebatió Alice. -Además ¿Para que quiere sujeción una mujer de casa? Muchas veces ni si quiera uso la parte de arriba. Si es por resaltar...- La chica volvió a su armario y sacó un corsé blanco, pequeño y resultón que debía cubrir a penas medio seno.
-Eso es excesivo- Comentó Rose con los ojos muy abiertos y cierta sonrisa en la boca -Vaya, vaya, Alice...-
-No es excesivo si lo usas en el momento... adecuado- río.
-¿Hay... algún hombre?- Preguntó Rose curiosa.
-No. No lo hay-
-Entonces... ¿Por qué...?-
-Ay, Rose... Tranquila. Te acostumbrarás a la forma en la que funcionan aquí las cosas- explicó, justo antes de quitarse la camisola y mostrar sus senos. Rose los miró, pero apartó la mirada rápidamente, avergonzada. Juraría que Alice sonreía, pero decidió no comprobarlo. -Anda, toma- dijo justo antes de lanzarle el camisón -Ponte cómoda- La pelirroja se puso su propio camisón. Sus senos se dejaban adivinar aún bajo aquella tela. Una vez más, Rose se había fijado. -¿Te doy vergüenza?-
-No, es solo que...-
-Tranquila. Somos mujeres. No pasa nada ¿Verdad? Además somos familia- sonrió cálidamente. -No tienes que tener vergüenzas conmigo- La chica asintió y terminó por quitarse ella también su parte superior, no supo si por imitarla o porque aun se sentía avergonzada por tener una ropa interior ridícula. Cuando se puso el camisón, se echó sobre la cama y se acomodó, mirando al techo blanquecino. -Dulces sueños, prima. Duerme...-
Dormir... justo lo que aquel hombre del pueblo le dijo que no hiciera. Pensó en él justo antes de cerrar los ojos. No pudo evitarlo. Había sido un viaje demasiado largo y todo su cuerpo le pedía descansar. Descansar como nunca...
Degustaban una sopa de verduras mientras se miraban entre ellos. Rose se sintió inquieta dada la falta aún de confianza, de forma que decidió no apartar la vista de la sopa en todo momento que pudo. -La he preparado yo ¿Sabe bien?- quiso saber Alice. Sus rizos rojizos caían sobre sus hombros como cataratas rebeldes y sus ojos expresaban una expectación casi incontenible para ella misma. En su composición, Alice parecía una niña atrapada en el cuerpo de una mujer completa. Aunque la sopa hubiese estado fea y asquerosa de sabor ¿Como decírselo sin llorar por herir sus sentimientos?
-Está deliciosa. El sabor de la verdura es... distinto al que tenemos en Londres-
-Al que teníais, querrás decir- corrigió la chica.
-Alice, no seas así- la regañó su padre. -Perdonadla. A veces pienso que la falta de figura materna la ha convertido en una niñata imprudente-
-No, no pasa nada. La chica tiene razón. Ya no nos queda nada en Londres- explicó Benjamin -El precio del barco y el ferrocarril para llegar aquí se ha pagado con el dinero de nuestra casa. Ya no tenemos trabajo ni techo al que regresar-
-No hará falta, Benjamin- Maximilliam dio un sorbo a su vino -Cuando os asentéis del todo, cuanto tengáis confianza y encontréis las virutes de estas tierras, estoy seguro de que no deseareis volver jamás. Miradme a mi. Hace más de veinte años que vine... y nunca regresé- sonrió.
-Madre siempre dijo que estabas loco-
-Madre estaba senil antes incluso de que me marchase- ambos hombres sonrieron. Incluso Alice lo hizo, pero Rose no pudo. -Cuando recibí tus cartas, en las que me hablabas de las dolencias de Rose, rápidamente supe que te debería haber traído conmigo. A ti, a tu mujer y a Rose. Londres está sumida en... la industria. Eso no puede ser bueno. Esas nubes negras de las que hablabas... Ya veréis. Rose mejorará muy pronto-
-¿Y si no lo hago?- terció Rose, interrumpiendo a todos el ritmo normal del almuerzo.
-Hija, por favor...-
-Existe esa posibilidad. El doctor solo hizo una recomendación, no un tratamiento. Mis piernas son débiles y mi capacidad para respirar... bastante torpe. ¿Que tiene que ver eso con el aire limpio?-
-Te sorprendería- sonrió Alice. Rose frunció el ceño, sin comprender ese comentario.
-Hagamos una cosa. Si en... pongamos, un mes, tu estado no ha mejorado, recurriremos a un buen doctor de esta ciudad. Es caro, muy caro, pero me comprometo a pagarlo si la mejoría no ocurriese. Quizá una segunda opinión, medicinas locales... Podrían ayudarte.-
-Yo no...-
-Aun así, insisto. Mejorarás- Maximilliam tomó una cucharada de sopa dando la conversación por finalizada. La chica no se atrevió a decir nada más. No quería sonar pesimista ni quitarle las ilusiones a su padre. Era mejor así, de momento.
La tarde concurrió bastante rápida. Benjamin decidió no perder tiempo en sus obligaciones, de manera que tras acomodar sus pocos enseres en la que sería su nueva habitación, se marchó a las tierras que rodeaban la hacienda para trabajarlas junto a su hermano. Al parecer, el trigo era lavorioso, así como el cultivo de frutas, pero hasta entonces, Maximilliam había sido capaz de soportarlo todo él solo con sus propias manos. Sin embargo, a sabiendas de la llegada de Benjamin, se había replanteado arar nuevas tierras bajo su titularidad, destinadas a la plantación de algodón. Decía que estaba en auge, que pagarían bien por él y Benjamin no lo dudó. Rose y Alice se quedaron solas en la hacienda durante horas. Horas demasiado largas.
La chica estuvo sentada toda la tarde en su silla, junto al enorme ventanal del salón, leyendo algunos libros que su tío tenía en una modesta estantería. De vez en cuando, veía a Alice caminar de aquí para allá. Sus labores pertenecían al hogar. Limpiaba, lavaba la ropa, cocinaba y de vez en cuando vagueaba un poco. -¿Quieres que lave tu ropa?- preguntó tras bajar las escaleras.
-No hace falta-
-Las he cogido ya. Se iban a arrugar en tu maleta. Espero que no te moleste- Rose suspiró.
-Bueno... está bien. Es solo que no quiero que trabajes de más por mi-
-No pasa nada. Lo hago siempre. Me he fijado en que tus ropas son muy... oscuras-
-Digamos que la moda en Londres es así- sonrió. Aquellas palabras capturaron la curiosidad de Alice, quien no dudó en acercarse y tomar asiento junto a ella.
-¿Sabes? Siempre pensé que las mujeres de Londres erais muy... tontas- explicó -No te ofendas. Lo digo porque a mi me pareces muy normal. Como si hubieses nacido aquí, salvo por tu acento, claro- A Rose le hizo gracia aquel comentario, de forma que no pudo evitar reír.
-¿Y como es que pensabas eso?-
-No lo sé. Se cuentan cosas. Se habla de que es una ciudad tan... regida por las normas, tan avanzada y estancada a la vez...Las enfermedades, la histeria femenina... Debe ser como estar encerrada en una burbuja negra sin salida. Me alegro de que no seas como esperaba. Además, eres tan... preciosa- Alice alzó sus manos y las puso en las mejillas de su prima, quien sonrió agradecida por aquel alago. -Cuan equivocada estás...-
-Te lo digo de verdad. Aquí las mujeres son... tan feas-
-Tú eres muy guapa. En serio. Mírate. Ese pelo causaría furor en cualquier sitio-
-¿Y qué? Mira mi piel. Está manchada por el sol. En cambio tú tienes la piel tan blanca y tersa. Estoy segura de que todos te mirarán con envidia aquí. Y con deseo- sonrió picarona.
Rose quiso decir algo, pero no pudo, pues Alice se levantó rápidamente al sentir que alguien se acercaba por su espalda. Benjamin venía repleto de sudor, rojo como un tomate por pasar demasiado tiempo bajo el sol.
-Padre... te va a dar algo. Que ya no eres un muchacho- Advirtió su hija al tiempo que Alice se marchaba. Benjamin, por su parte, se sentó como si se desplomara sobre un sillón situado frente a la chimenea.
-Solo venía a por agua-
-Y a por sombra- sonrió la chica, haciendo que su padre también riese.
-Y por ti. Quería saber como estabas- Benjamin tomó una enorme bocanada de aire y la observó.
-Estoy bien. Un poco aburrida por estar aquí sola- confesó.
-Estabas leyendo- El hombre lanzó una mirada al libro que reposaba sobre el regazo de la chica. Lo había dejado cerrado con una página doblada justo en el momento en el que Alice apareció.
-Ah, sí. Pero... Los libros del tío Max son un poco... Raros- Rose reprimió una pequeña carcajada
-Antiguos, querrás decir- Aseguró Benjamin tras ojear la portada.
-También, pero, he estado ojeando casi todos los de la estantería y son muy raros. Parece que todos relatan historias de miedo con mucho...- avergonzada, la chica se mordió el labio inferior -Erotismo- No acostumbraba a hablar con su padre de temas tan íntimos y adultos, aunque fuese para referirse a ellos como temática. Benjamin por su parte, abrió mucho los ojos -Me dijo que estaba a mi entera disposición. No me dijo nada sobre que fuesen así-
-Supongo que mi hermano habrá desarrollado unos gustos más naturales desde que vive aquí- Explicó, poniendo los ojos en blancos. -No pasa nada. Puedes leerlos. Al fin y al cabo ya eres una mujer. No habrá nada que no conozcas ya ahí- Rose asintió sintiéndose aliviada. Había leído ya ciertos capítulos un tanto picantes y jamás había tenido una lectura así, de modo que no sabía si, siendo soltera y joven, aquello a su padre le molestaría. Al menos en Londres, acostumbraba a pedir permiso a su padre para casi todo. -En cualquier caso... Estoy bastante feliz- La mujer miró a su padre sin saber a qué se refería -Sé que llevamos pocas horas aquí, pero ya siento que este lugar es mi casa. Pensé que me costaría acostumbrarme, pero todo es tan... familiar- sonrió complacido -Lo digo tambien por Max-
-¿Que ocurre?- Benjamin miró de un lado a otro, como si desease que nadie escuchara lo que iba a decir.
-Tu tío se marchó hace muchos años porque era un auténtico cabeza hueca. Decía que quería viajar, conocer mundo, en vez de trabajar como un hombre debía hacer. Robó dinero a tu abuela y se marchó sin decir adiós. A mi no me molestó. Le conocía bastante bien y sabía que tarde o temprano desaparecía. Era su naturaleza- Tragó saliva -A los meses supimos que estaba en América. En sus cartas parecía muy feliz. Aseguraba haber visitado cientos de pueblos a costar de vivir de la mendicidad, el robo o trabajos complicados. Y tras cuatro años regresó a Londres. Fue entonces cuando te conoció-
-No sabía que volvió. Pensé que se fue cuando yo ya había nacido-
-Y así es. Su estancia en Londres duró poco. Recuerdo que había conocido a una mujer en la ciudad extraordinaria, inteligente, una belleza. Y sin embargo... recibió una carta proveniente de Woodnacht. Una mujer de aquí, con la que Max tuvo por bien acostarse, había tenido una hija suya-
-Alice...- Benjamin asintió.
-Max dejó a la nueva señorita y con lo puesto, volvió hasta aquí. Una vez más, sin decir adiós- Se cruzó de brazos -Desde ese entonces, recibí muy pocas cartas de él. En las pocas que llegaron, escribía tan poco... explicaba tan poco...- Benjamin no pudo evitar divagar en sus pensamientos. -Siempre pensé que estaba mal, que algo le debía estar sucediendo. Sólo decía que estaba bien y que ojala viniésemos para vivir con él. Por supuesto jamás le hice caso. Teníamos nuestra vida en Londres, teníamos a tu madre, ambos...- El hombre encogió la barbilla con dolor. El recuerdo de Megan aun era doloroso para ambos, sobre todo para él. Apenas hacía cuatro años de su marcha, pero a Benjamin siempre le parecía que murió hacía tan solo un mes. -Pero dado los consejos del doctor, recordé las constantes sugerencias de Max y... aquí estamos. Y lo mejor es que los cuatro estamos bien. Max está genial y eso me alegra-
-A mi me disgusta que tú estés tan viejo, pero no se lo cuento a mi hija- La voz de Maximilliam resonó desde la puerta del salón. Ni Rose ni Benjamin le sintieron llegar, ni si quiera le vieron, pero ahí estaba. La chica estaba tan sumida en la historia de su padre, que oir la voz de su tío hizo que diese un pequeño salto sobre su silla y se asustase por un instante. -¿Que le contabas de mí a Rose? No quiero que piense nada malo de su tío-
-Nada, Max. Todo cosas buenas-
-Con el tiempo, Rose, comprenderás que incluso soy mucho mejor que tu padre, en todos los sentidos- Su comentario sonó serio. No sonrió para denotar lo contrario. Sin embargo, Benjamin si lo hizo y pareció que el comentario fue bromista. Después, ambos hombres fueron a trabajar de nuevo, y Rose, volvió a quedarse sola.
Al llegar la noche, Max se encargó de cargar de nuevo a Rose escaleras arriba hasta dejarla en su habitación para después cerrar la puerta y dejar a ambas mujeres descansar. La habitación de Alice era sorprendemente oscura, únicamente iluminada por el halo de luz lunar que se colaba de entre las cortinas de la ventana. Rose se frotó los brazos, un tanto incómoda. -A ver, déjame que te ayude- La pelirroja se acomodó sobre la cama de su prima y llevó las manos a la parte trasera del vestido de la chica.
-Puedo hacerlo yo sola-
-Pero has venido aquí para tener a alguien quien te ayude ¿No? Vamos, Rose...-
-Pero es un simple vestido, puedo hacerlo, de verdad. Estoy enferma, pero me basto y me sobro para mis propias cosas-
-Está bien. Quítatelo. Voy a buscarte algo de ropa para dormir- Alice saltó de la cama y se dirigió al armario. Mientras, Rose procuró quitarse el vestido rápido. Lo desabrochó por la espalda y lo dejó caer por todo su cuerpo hasta que éste tocó el suelo. La pelirroja sacó un largo camisón blanco sin mangas y se giró para mostrárselo a su prima.
-Está bien, Alice. Es perfecto-
-Oh vaya...- Alice señaló a la ropa interior de la chica -¿Que es eso?-
-¿Esto?- Rose se miró a si misma -Ropa interior... ¿No?-
-¿Esa es la ropa interior de las mujeres de Londres?- A Alice le costó reprimir una carcajada al ver la camisa de encajes blanca con formas en la zona del pecho, a conjunto con unas anchas enaguas perfectamente planchadas en el cuerpo de su prima.
-Sí... ¿Que tiene de malo?- quiso saber la chica.
-¿Que qué tiene de malo? Observa esto- Sin decir más, Alice se despojó de sus ropajes y mostró su cuerpo semidesnudo, cubierto por unas pequeñisimas enaguas y una camisola corta. Rose se quedó embobada mirándola. Sus formas eran realmente atractivas, y ver a una mujer por primera vez en su vida con tan pocas ropas... se sintió extraña -Compara-
-Está ropa interior sujeta mejor- se señaló
-Pero esta es mucho más cómoda- rebatió Alice. -Además ¿Para que quiere sujeción una mujer de casa? Muchas veces ni si quiera uso la parte de arriba. Si es por resaltar...- La chica volvió a su armario y sacó un corsé blanco, pequeño y resultón que debía cubrir a penas medio seno.
-Eso es excesivo- Comentó Rose con los ojos muy abiertos y cierta sonrisa en la boca -Vaya, vaya, Alice...-
-No es excesivo si lo usas en el momento... adecuado- río.
-¿Hay... algún hombre?- Preguntó Rose curiosa.
-No. No lo hay-
-Entonces... ¿Por qué...?-
-Ay, Rose... Tranquila. Te acostumbrarás a la forma en la que funcionan aquí las cosas- explicó, justo antes de quitarse la camisola y mostrar sus senos. Rose los miró, pero apartó la mirada rápidamente, avergonzada. Juraría que Alice sonreía, pero decidió no comprobarlo. -Anda, toma- dijo justo antes de lanzarle el camisón -Ponte cómoda- La pelirroja se puso su propio camisón. Sus senos se dejaban adivinar aún bajo aquella tela. Una vez más, Rose se había fijado. -¿Te doy vergüenza?-
-No, es solo que...-
-Tranquila. Somos mujeres. No pasa nada ¿Verdad? Además somos familia- sonrió cálidamente. -No tienes que tener vergüenzas conmigo- La chica asintió y terminó por quitarse ella también su parte superior, no supo si por imitarla o porque aun se sentía avergonzada por tener una ropa interior ridícula. Cuando se puso el camisón, se echó sobre la cama y se acomodó, mirando al techo blanquecino. -Dulces sueños, prima. Duerme...-
Dormir... justo lo que aquel hombre del pueblo le dijo que no hiciera. Pensó en él justo antes de cerrar los ojos. No pudo evitarlo. Había sido un viaje demasiado largo y todo su cuerpo le pedía descansar. Descansar como nunca...
De la penumbrosa entrada del hogar no tardó en emerger la figura de un hombre de aspecto serio y algo tosco, pero que poco a poco fue transformando su mueca severa por una sonrisa afable y cálida -Benjamin... ¡Mi buen Benjamin!- clamó Maximilian, el tío de Rose, bajando los pobres escalones de la entrada de la casa y aproximándose a los recién llegados con los brazos abiertos. Benjamin al igual que su hermano procedió a acercarse y ambos se fundieron en un fuerte abrazo, emocionados por la cantidad de años que hacía que no se veían. Rose no pudo evitar sonreir ante aquella escena tan cálida y emotiva. No era común ver a su padre tan alegre. De por sí no era común ver a dos hombres abrazándose de esa forma tan cariñosa, pero qué diablos, supuso. Ya no estaban en Londres. Estaban en mitad de la nada y allí nadie les juzgaría. No ella, al menos -Que se apague la luz de mis ojos si mi sobrina no se ha convertido en la mujer más bella que ha debido pisar Londres- dijo entonces Maximilian, separándose de su hermano. Se acercó despacio hacia la silla de la chica y se acuclilló ante ella -Mírate... Tienes los ojos de tu madre- susurró con calidez, tomándole una mano a Rose -No te veo desde que eras una renacuaja ¿Lo sabías?- Rose negó con la cabeza -Prácticamente un bebé... En ese entonces jamás pensé que te vería en una situación así. Me rompe el alma, querida sobrina. Pero no te preocupes. Aquí en Woodnacht, con el ambiente del pueblo, el aire puro, la calidez del sol y el ambiente salvaje te pondrás fuerte, resistente, serás capaz no de caminar con total soltura ¡Sino de correr con tu padre a cuestas!- rió Maximilian, haciendo sonreir a la chica y a Benjamin. Rose no recordaba en absoluto a su tío, pues si era verdad lo que decía, la última vez que coincidieron ella era demasiado pequeña como para siquiera reconocer su rostro. Sin embargo agradeció el trato tan cercano, cálido y amable. Podría haber sido peor, mucho peor -Ah, disculpad. Permitid que os presente a mi hija- Maximilian la señaló con una mano y la chica de cabellos pelirrojos se aproximó, con los brazos cruzados, abrazándose la cintura, como si estuviese muerta de vergüenza. Saludó timidamente con la cabeza -Es Alice-
-Vaya ¡Y hablábamos de belleza!- dio una palmada Benjamin -Encantado, sobrina. Ojalá pudiese decir lo mismo que Max sobre Rose. Nunca he tenido la oportunidad de conocerte-
-No te preocupes tío- sonrió Alice -Es normal. Londres y Woodnacht están tan lejos como el cielo y la tierra- comentó afable -No es cuestión de tomar un camino y hacer un paseo. Me alegro sin embargo de poder conoceros ¡A los dos!- rió
-Estoy seguro de que ambas primas van a ser muy buenas amigas y compañeras- añadió Max
-Apuesto a que sí. Van a ser también el terror de los muchachos del pueblo- bromeó Benjamin
-Alice ya lo es. Ahora tiene competencia- se mofó Max -¿Os enseño la casa?-
Para poder entrar, entre Max y Benjamin tuvieron que levantar la silla de ruedas con Rose aún sentada debido a los malditos escalones, que pese a ser pocos, la silla no podía soltearlos. Una vez en el pequeño porche, pudieron cruzar el umbral y encontrarse con una casa amplia, con dos pisos, bastante humilde pero no por ello menos sorprendente. Contaba con un gran saloncillo principal con una mesa y varias sillas repartidas al rededor y en el fondo una pequeña cocina que no estaba separada por ningún tipo de pared del salón. Toda la planta baja era una gran habitación única en resumidas cuentas, salvo una discreta puerta que se confundía bastante bien con la pared, que tenían bien cerrada, demasiado incluso, al tener unas cadenas con cerrojo. A Rose le picó enormemente la curiosidad, pero no pasó desapercibida -No te conviene entrar ahí- dijo de sorpresa Alice cerca de su oido en voz cálida -Está lleno de monstruos- Rose la miró con las cejas alzadas y por fin, la pelirroja rompió a reir -Vamos, lo mejor está arriba- en ningún momento concluyó con que decía lo de los monstruos en broma. Tras el rápido vistazo, se aproximaron a las escaleras. Eran bastantes y llevar la silla arriba y abajo de forma constante cada día acabaría destruyendo las espaldas de los familiares, de modo que tuvieron que trazar un plan
-Lamento muchísimo no haber podido disponer de métodos para la mejor integración de Rose... mejorará con el tiempo y podrá subir ella sola, estoy seguro, pero de momento mucho me temo que la silla tendrá que quedarse abajo hasta que ideemos algo- se rascó la barbilla Max, sopesando seriamente la imposibilidad de llevar la silla arriba
-¿Y ese bastón?- señaló Alice, perspicaz, observando el bastón que colgaba de la parte trasera de la silla. Rose alegó que podía andar por sí sola, pero trayectos cortos antes de que su cuerpo se fatigara y se sintiera como si hubiese corrido durante horas sin parar -¿Qué os parece si simplemente la llevamos a ella arriba y yo me ocupo de llevarla a donde necesite con ayuda del bastón?-
-No me parece mal. A fin de cuentas poco hay que hacer arriba salvo dormir- sonrió Max a Benjamin
-Entonces creo que sí ¿Qué opinas, Rose?- la joven no quería ser una molestia, pero estaba claro que subir y bajar la silla lo sería aún más, de modo que no le quedó más remedio que asentir -Fantástico- Benjamin le apretó cariñosamente un hombro -Todo irá bien, cielo-
-Seguro que sí ¿Vamos arriba?- todos asintieron a la propuesta de Maximilian -¿Me permites, sobrina?- Max se agazapó, la tomó con cuidado de las piernas y la espalda y la alzó en volandas con sorprendente facilidad
-Vaya. Sí que la vida de campo vuelve a un hombre fuerte- se burló Benjamin
-Rose es como un pajarito si la comparamos con los terneros y caballos recién nacidos- rió orgulloso Max, subiendo por las escaleras. Rose iba agarrada al cuello de su tío. Realmente le sorprendía que la llevase con tanta facilidad cuando a Benjamin le aquejaban dolores lumbares a veces con el mero hecho de llevarla apoyada de un brazo. Intentaba examinar a su tío con la mayor brevedad y disimulo posible. Sus primeras conclusiones es que debía de ser bastante más mayor que Benjamin, pues aparentaba bastante más de cincuenta años, pero a su vez, su resistencia y fuerza le hacían dudar de que fuese prácticamente un anciano. Quizá el sol, el clima en general de ese lugar, afectaba a su piel y lo hacía parecer tan mayor, arrugado y de piel brillante, como si fuese casi de plástico -Y esta es la habitación- dijo de pronto Max cortando los pensamientos de Rose, que no se había percatado de que por fin llegaron. El habitáculo era una sala cuadrada no demasiado grande que contaba con dos camas y una ventana redonda desde la que podían observar la calle y el pueblo, lo bastante grande como para tener unas buenas vistas -Veamos- Maximilian dejó a Rose sentada en la cama que sería la suya, prácticamente pegada a la pared. La de Alice estaba algo más centrada en la habitación, pero era lógico: era su casa -¿Cómo lo sientes?- Rose intentó dar un par de botes y los muelles chirriaron con fuerza, debido al óxido y el tiempo. Al menos estaba limpia, no olía mal y parecía cálida. Rose confirmó que estaba más que bien -Me alegro- sonrió Max
-¿Entonces dormirá aquí?- preguntó Benjamin, observando la estancia
-Sí- contestó Alice -Conmigo. Yo la ayudaré en todo cuanto necesite- sonrió -Nos servirá para conocernos, intimar, y otras tantas cosas de chicas que pocas veces puedo hacer. No tardaréis en comprobar que no abundan las mujeres de nuestra edad por aquí-
-Entiendo ¿Y hombres?-
-Oh, Benjamin- rió Max -Padre celoso ¿eh?-
-No es celoso- rió vergonzoso -Solamente me preocupo por el bienestar de mi hija y mi sobrina. No sería nada bueno que saliesen afuera y fuesen acosadas por...-
-Tranquilo tío Ben, vivo aquí- recordó Alice peinándose el cabello hacia atrás -Ya me conocen, y yo les conozco. Y saben lo que pueden, lo que no pueden, lo que deben y lo que no deben. Y me aseguraré de que mi hermosa, pulcra y novata prima esté más a salvo que nadie en este cuchitril de pueblo- miró a Rose de una forma que la joven no supo discernir: si era simplemente amabilidad exacerbada o había alguna otra intención que no comprendía. El caso es que ninguna mujer le había mirado con esos ojos lascivos jamás. Ni siquiera un hombre. Rose se sintió desnuda por una milésima de segundo ante la intensa mirada de Alice, pero dedujo que serían sólo sensaciones por el nuevo hogar.
-Me tranquiliza contar contigo entonces, Alice. Eres un encanto-
-Sí- sonrió ella con cierto coqueteo en la voz -Lo soy...-
-¡Bueno!- terció Max en un instante, alzando la voz, sobresaltando a Rose, que se había quedado ensimismada observando el lenguaje corporal de Alice. Era extraordinaria, hipnotizante casi ¿Era eso a lo que llamaban sensualidad? -Desgraciadamente mi casa poco más tiene que ofrecer, así que vayamos al pueblo. Es de vital importancia que sepáis dónde está todo. No tiene pérdida pero no es tan pequeño como puede aparentar- todos estuvieron de acuerdo.
En unos minutos ya estaban comenzando a rondar las calles del pueblo. Se podía apreciar, por el camino principal que parecía separar Woodnacht en dos partes, a los habitantes del lugar yendo de un lugar a otro. No era difícil fijarse en lo que Alice había comentado antes: apenas había muchachas jóvenes. La mayoría superaba la mitad de la treintena de años, siendo prácticamente ya unas adultas conformadas. De por sí, el número de mujeres era menor al de hombres, de los que sí había a todas las edades. De vez en cuando podían apreciar algún niño correteando y jugando con otro grupo de pequeños, pero era escaso. También había algún que otro perro vagabundeando de aquí para allá sin llamar demasiado la atención. La gente vestía de forma terriblemente humilde y sencilla, lo cual era extraño pero reconfortante para personas que venían de Londres donde la apariencia se cuidaba bastante. El hecho de ver a las mujeres con los peinados poco cuidados hizo sentir a Rose por un instante un alivio para aquellos días en los que no estaba de humor ni para mirarse al espejo -Y esto, mi querida familia, es Woodnacht- sonrió Max deteníendose en mitad de la calle para que se pudiese apreciar cada casa y cada comercio, mayormente tenderos de diversos objetos y no muy lejos de allí, la parroquia del pueblo
-Woodnacht no suena muy inglés- observó Benjamin, cruzando las manos tras la espalda
-Y no lo es. Bueno, no del todo. El fundador de este pueblo era un germano de la época de la colonización del Nuevo Mundo-
-¿Un germano?- se sorprendió Benjamin -¿Y cómo demonios llegó hasta aquí?-
-Pregunta a los libros de historia- se burló Max -Yo me limito a vivir el presente-
-Se me olvidaba que nunca fuiste muy instruido- ambos hermanos rieron
-Ahora en serio. Aquel hombre fundó el pueblo con sus propias manos. Allí está el origen de todo- Maximilian señaló a una extraña casa alejada, algo elevada sobre una colina. Se veía desde cualquier parte del pueblo como si fuese una especie de guardián del lugar. Llamarlo casa era ser ignorante y basarse completamente en las perspectivas. Se trataba de una vieja, antiquísima mansión cuya estructura estaba ya bastante podrida y carcomida por las inclemencias. No había nada que se mantuviese intacto y con el tiempo, seguramente, se acabaría derrumbando sobre sus cimientos. Ya en la propia distancia se apreciaba la negrura de la madera que la conformaba. Pese a todo, era bastante grande -La mansión Eidrich- nombró Max -Eidrich, dicen, era el hombre que fundó este pueblo. Su apellido. Desconocemos su nombre. Algunos recuerdan historias de sus antepasados que han vivido aquí y tienen historias perdidas sobre los descendientes de Eidrich. El último heredero, sin embargo, nadie tiene ni la menor idea de dónde está. Debió morir ahí dentro, como toda su familia. Estará sepultado por tablas mohosas, seguramente-
-Vaya si cuentas historias agradables Max- se quejó Benjamin
-Oh, disculpad, disculpad- se mofó -Oid, ya que estamos aquí, vamos a comprar algo para comer esta noche en condiciones. Alice ayúdame, por favor- se acercaron hasta la tienda de Jebediah, el comerciante más viejo del pueblo y por lo tanto, el que mejores precios y mejores productos tenía. Rose se quedó fuera, debido a que una vez más, tenía escalones. Estaba en un lugar seguro, decía Maximilian, por lo que no tenían nada que temer. Si ocurriese algo, advirtió Benjamin, bastaba con llamarle y en cuestión de pasos ya estaría a su lado.
Cuando la dejaron sola por esos momentos, Rose se detuvo a observar lo que la rodeaba. A pesar de la gente que había en la calle, no había demasiado ruido. Todos parecían hablar en voz baja... Había un hombre de unos cuarenta que la miraba desde la distancia, pero no le echó demasiada cuenta. Era seguramente la única en el pueblo en silla de ruedas y no era de extrañar que llamase un tanto la atención, pero entonces reparó en su alrededor. No había ni una sola persona en toda la calle que no estuviese quieta, erguida como una estatua, mirándola fijamente. Habían dejado todo lo que habían estado haciendo antes y simplemente la miraban, sin moverse, sin pestañear, como columnas, estacas clavadas en la tierra, firmes y con los brazos pegados al pueblo. El ambiente de pronto se volvió un tanto opresivo y Rose comenzó a inquietarse. Esas miradas constantes, ininterrumpidas y que la rodeaban por todas partes la hacían sentir incómoda como nunca ¿Tan rara era? ¿O era otra cosa? Sintió entonces que la silla se movía y respiró tranquila, pero cuando sintió que Benjamin dejaba de empujar la silla y la rodeaba para hablarle a la cara, no fue a su padre a quien vio. Era un hombre de unos... ¿Treinta? ¿Cuarenta? Su rostro no mostraba una avanzada edad, pero su cabello y su barba, sobre todo su barba, le hacía parecer más viejo. Llevaba puesta una gabardina llena de polvo a la altura de las rodillas. Se acuclilló ante la silla y la observó con ojos brillantes. Rose estuvo por decir algo, pero el hombre se llevó un dedo a los labios -Finge que me conoces y no pasará nada- masculló con total claridad y sin la menor amenaza en la voz -No voy a hacerte daño- dijo, aunque extendió la mano y la tomó de la barbilla. El contacto era áspero, duro. Era como si sus dedos fueran más músculosos que la propia Rose en su conjunto -No te resistas, será rápido- dijo simplemente, moviéndole la cabeza de un lado a otro. Rose estaba paralizada ante el extraño -...Eres nueva aquí- dijo, tras examinarle la cara y el cuello -Has llegado recientemente- no preguntaba, afirmaba -No te he visto llegar, sin embargo- la miró a los ojos. No, no era un hombre mayor. No era demasiado mayor que ella, pero tenía ese aspecto y esa mirada... La mirada de un hombre que guardaba secretos, la mirada, a su vez, del miedo más puro e inenarrable -Sea quien seas, muchacha, no deberías estar aquí- Rose se armó de valor para declarar que estaba con su familia y había sido él quien había empujado la silla para apartarla de la entrada de la tienda -No deberías estar en Woodnacht- agregó el desconocido -Este pueblo no es para ti. Ni para tu familia, si ha venido contigo. Vete de este lugar. Está bañado por la sombra de una pesadilla de la que no podrás escapar-
-¿Rose?- Benjamin salió de la tienda al no ver a la chica en la entrada -Rose- la llamó de nuevo, al verla a unos metros más allá, con el extraño muchacho agachado ante ella -¿Quién es? ¿Te está molestando?- preguntó Benjamin con severidad, aferrando la silla para apartar a Rose
-Lamento molestar- dijo el chico poniéndose en pie -No le he hecho nada malo, ni pretendo hacerlo. Dígame señor ¿Es usted su familia?-
-Su padre- dijo vehemente
-¿Y ha llegado recientemente junto a ella?-
-¿A qué viene este interrogatorio, chico?- frunció el ceño
-Hay cosas que uno necesita saber...- masculló, pasando la mirada de Benjamin a Rose -No durmáis en este pueblo. No os atreváis a soñar-
-¿Va todo bien, Benjamin?- Max y Alice aparecieron con unos paquetes con comida e ingredientes en los brazos. Ante la presencia de Maximilian, el muchacho se marchó sin decir nada más
-Ese tipo estaba hablando con Rose-
-Sullyvan- suspiró Alice -Sullyvan Thatch, se hace llamar. A saber si es su verdadero nombre, aunque todo el mundo le conoce por el mismo. No está muy bien de la cabeza. A veces dice cosas raras. Es inofensivo, al menos-
-¿Es seguro que ronde por el pueblo?- se cuestionó Benjamin
-Como digo, tío Ben, es inofensivo. Jamás le ha hecho daño a nadie. Sólo hace unas rondas por las calles y se larga. Suele hablar con los recién llegados pero luego los deja en paz cuando pasan unos días. Es una lástima sin embargo que no sea un chico decente ¿Opinas igual, Rose? No está nada mal...-
-Alice- regañó Max -Compórtate, hija-
-No importa- aquel comentario de jovencita desairada animó a Benjamin a restarle importancia al tal Sullyvan -Si de verdad es como nos cuenta Alice, seguramente no volverá a molestarnos-
-Seguro que ni siquiera se os acerca de nuevo- terció Max -¿Regresamos?- se dispusieron a volver y Rose simplemente se había quedado dándole vueltas a ese muchacho. Se atrevió incluso a mirar atrás, al camino que Sullyvan había tomado. Por alguna razón no le sorprendió demasiado verlo allí, mirándola fijamente junto a una esquina, pero diferente a como los pueblerinos la habían mirado antes. Pueblerinos que, ahora que reparaba, la ignoraban por completo y seguían con sus quehaceres. Sólo Sullyvan los observaba y no de aquella forma inquietante. Con un gesto, sabiendo que ella le estaba mirando a él también, negó con la cabeza y se llevó una mano a la sien cerrando los ojos un instante.
-Vaya ¡Y hablábamos de belleza!- dio una palmada Benjamin -Encantado, sobrina. Ojalá pudiese decir lo mismo que Max sobre Rose. Nunca he tenido la oportunidad de conocerte-
-No te preocupes tío- sonrió Alice -Es normal. Londres y Woodnacht están tan lejos como el cielo y la tierra- comentó afable -No es cuestión de tomar un camino y hacer un paseo. Me alegro sin embargo de poder conoceros ¡A los dos!- rió
-Estoy seguro de que ambas primas van a ser muy buenas amigas y compañeras- añadió Max
-Apuesto a que sí. Van a ser también el terror de los muchachos del pueblo- bromeó Benjamin
-Alice ya lo es. Ahora tiene competencia- se mofó Max -¿Os enseño la casa?-
Para poder entrar, entre Max y Benjamin tuvieron que levantar la silla de ruedas con Rose aún sentada debido a los malditos escalones, que pese a ser pocos, la silla no podía soltearlos. Una vez en el pequeño porche, pudieron cruzar el umbral y encontrarse con una casa amplia, con dos pisos, bastante humilde pero no por ello menos sorprendente. Contaba con un gran saloncillo principal con una mesa y varias sillas repartidas al rededor y en el fondo una pequeña cocina que no estaba separada por ningún tipo de pared del salón. Toda la planta baja era una gran habitación única en resumidas cuentas, salvo una discreta puerta que se confundía bastante bien con la pared, que tenían bien cerrada, demasiado incluso, al tener unas cadenas con cerrojo. A Rose le picó enormemente la curiosidad, pero no pasó desapercibida -No te conviene entrar ahí- dijo de sorpresa Alice cerca de su oido en voz cálida -Está lleno de monstruos- Rose la miró con las cejas alzadas y por fin, la pelirroja rompió a reir -Vamos, lo mejor está arriba- en ningún momento concluyó con que decía lo de los monstruos en broma. Tras el rápido vistazo, se aproximaron a las escaleras. Eran bastantes y llevar la silla arriba y abajo de forma constante cada día acabaría destruyendo las espaldas de los familiares, de modo que tuvieron que trazar un plan
-Lamento muchísimo no haber podido disponer de métodos para la mejor integración de Rose... mejorará con el tiempo y podrá subir ella sola, estoy seguro, pero de momento mucho me temo que la silla tendrá que quedarse abajo hasta que ideemos algo- se rascó la barbilla Max, sopesando seriamente la imposibilidad de llevar la silla arriba
-¿Y ese bastón?- señaló Alice, perspicaz, observando el bastón que colgaba de la parte trasera de la silla. Rose alegó que podía andar por sí sola, pero trayectos cortos antes de que su cuerpo se fatigara y se sintiera como si hubiese corrido durante horas sin parar -¿Qué os parece si simplemente la llevamos a ella arriba y yo me ocupo de llevarla a donde necesite con ayuda del bastón?-
-No me parece mal. A fin de cuentas poco hay que hacer arriba salvo dormir- sonrió Max a Benjamin
-Entonces creo que sí ¿Qué opinas, Rose?- la joven no quería ser una molestia, pero estaba claro que subir y bajar la silla lo sería aún más, de modo que no le quedó más remedio que asentir -Fantástico- Benjamin le apretó cariñosamente un hombro -Todo irá bien, cielo-
-Seguro que sí ¿Vamos arriba?- todos asintieron a la propuesta de Maximilian -¿Me permites, sobrina?- Max se agazapó, la tomó con cuidado de las piernas y la espalda y la alzó en volandas con sorprendente facilidad
-Vaya. Sí que la vida de campo vuelve a un hombre fuerte- se burló Benjamin
-Rose es como un pajarito si la comparamos con los terneros y caballos recién nacidos- rió orgulloso Max, subiendo por las escaleras. Rose iba agarrada al cuello de su tío. Realmente le sorprendía que la llevase con tanta facilidad cuando a Benjamin le aquejaban dolores lumbares a veces con el mero hecho de llevarla apoyada de un brazo. Intentaba examinar a su tío con la mayor brevedad y disimulo posible. Sus primeras conclusiones es que debía de ser bastante más mayor que Benjamin, pues aparentaba bastante más de cincuenta años, pero a su vez, su resistencia y fuerza le hacían dudar de que fuese prácticamente un anciano. Quizá el sol, el clima en general de ese lugar, afectaba a su piel y lo hacía parecer tan mayor, arrugado y de piel brillante, como si fuese casi de plástico -Y esta es la habitación- dijo de pronto Max cortando los pensamientos de Rose, que no se había percatado de que por fin llegaron. El habitáculo era una sala cuadrada no demasiado grande que contaba con dos camas y una ventana redonda desde la que podían observar la calle y el pueblo, lo bastante grande como para tener unas buenas vistas -Veamos- Maximilian dejó a Rose sentada en la cama que sería la suya, prácticamente pegada a la pared. La de Alice estaba algo más centrada en la habitación, pero era lógico: era su casa -¿Cómo lo sientes?- Rose intentó dar un par de botes y los muelles chirriaron con fuerza, debido al óxido y el tiempo. Al menos estaba limpia, no olía mal y parecía cálida. Rose confirmó que estaba más que bien -Me alegro- sonrió Max
-¿Entonces dormirá aquí?- preguntó Benjamin, observando la estancia
-Sí- contestó Alice -Conmigo. Yo la ayudaré en todo cuanto necesite- sonrió -Nos servirá para conocernos, intimar, y otras tantas cosas de chicas que pocas veces puedo hacer. No tardaréis en comprobar que no abundan las mujeres de nuestra edad por aquí-
-Entiendo ¿Y hombres?-
-Oh, Benjamin- rió Max -Padre celoso ¿eh?-
-No es celoso- rió vergonzoso -Solamente me preocupo por el bienestar de mi hija y mi sobrina. No sería nada bueno que saliesen afuera y fuesen acosadas por...-
-Tranquilo tío Ben, vivo aquí- recordó Alice peinándose el cabello hacia atrás -Ya me conocen, y yo les conozco. Y saben lo que pueden, lo que no pueden, lo que deben y lo que no deben. Y me aseguraré de que mi hermosa, pulcra y novata prima esté más a salvo que nadie en este cuchitril de pueblo- miró a Rose de una forma que la joven no supo discernir: si era simplemente amabilidad exacerbada o había alguna otra intención que no comprendía. El caso es que ninguna mujer le había mirado con esos ojos lascivos jamás. Ni siquiera un hombre. Rose se sintió desnuda por una milésima de segundo ante la intensa mirada de Alice, pero dedujo que serían sólo sensaciones por el nuevo hogar.
-Me tranquiliza contar contigo entonces, Alice. Eres un encanto-
-Sí- sonrió ella con cierto coqueteo en la voz -Lo soy...-
-¡Bueno!- terció Max en un instante, alzando la voz, sobresaltando a Rose, que se había quedado ensimismada observando el lenguaje corporal de Alice. Era extraordinaria, hipnotizante casi ¿Era eso a lo que llamaban sensualidad? -Desgraciadamente mi casa poco más tiene que ofrecer, así que vayamos al pueblo. Es de vital importancia que sepáis dónde está todo. No tiene pérdida pero no es tan pequeño como puede aparentar- todos estuvieron de acuerdo.
En unos minutos ya estaban comenzando a rondar las calles del pueblo. Se podía apreciar, por el camino principal que parecía separar Woodnacht en dos partes, a los habitantes del lugar yendo de un lugar a otro. No era difícil fijarse en lo que Alice había comentado antes: apenas había muchachas jóvenes. La mayoría superaba la mitad de la treintena de años, siendo prácticamente ya unas adultas conformadas. De por sí, el número de mujeres era menor al de hombres, de los que sí había a todas las edades. De vez en cuando podían apreciar algún niño correteando y jugando con otro grupo de pequeños, pero era escaso. También había algún que otro perro vagabundeando de aquí para allá sin llamar demasiado la atención. La gente vestía de forma terriblemente humilde y sencilla, lo cual era extraño pero reconfortante para personas que venían de Londres donde la apariencia se cuidaba bastante. El hecho de ver a las mujeres con los peinados poco cuidados hizo sentir a Rose por un instante un alivio para aquellos días en los que no estaba de humor ni para mirarse al espejo -Y esto, mi querida familia, es Woodnacht- sonrió Max deteníendose en mitad de la calle para que se pudiese apreciar cada casa y cada comercio, mayormente tenderos de diversos objetos y no muy lejos de allí, la parroquia del pueblo
-Woodnacht no suena muy inglés- observó Benjamin, cruzando las manos tras la espalda
-Y no lo es. Bueno, no del todo. El fundador de este pueblo era un germano de la época de la colonización del Nuevo Mundo-
-¿Un germano?- se sorprendió Benjamin -¿Y cómo demonios llegó hasta aquí?-
-Pregunta a los libros de historia- se burló Max -Yo me limito a vivir el presente-
-Se me olvidaba que nunca fuiste muy instruido- ambos hermanos rieron
-Ahora en serio. Aquel hombre fundó el pueblo con sus propias manos. Allí está el origen de todo- Maximilian señaló a una extraña casa alejada, algo elevada sobre una colina. Se veía desde cualquier parte del pueblo como si fuese una especie de guardián del lugar. Llamarlo casa era ser ignorante y basarse completamente en las perspectivas. Se trataba de una vieja, antiquísima mansión cuya estructura estaba ya bastante podrida y carcomida por las inclemencias. No había nada que se mantuviese intacto y con el tiempo, seguramente, se acabaría derrumbando sobre sus cimientos. Ya en la propia distancia se apreciaba la negrura de la madera que la conformaba. Pese a todo, era bastante grande -La mansión Eidrich- nombró Max -Eidrich, dicen, era el hombre que fundó este pueblo. Su apellido. Desconocemos su nombre. Algunos recuerdan historias de sus antepasados que han vivido aquí y tienen historias perdidas sobre los descendientes de Eidrich. El último heredero, sin embargo, nadie tiene ni la menor idea de dónde está. Debió morir ahí dentro, como toda su familia. Estará sepultado por tablas mohosas, seguramente-
-Vaya si cuentas historias agradables Max- se quejó Benjamin
-Oh, disculpad, disculpad- se mofó -Oid, ya que estamos aquí, vamos a comprar algo para comer esta noche en condiciones. Alice ayúdame, por favor- se acercaron hasta la tienda de Jebediah, el comerciante más viejo del pueblo y por lo tanto, el que mejores precios y mejores productos tenía. Rose se quedó fuera, debido a que una vez más, tenía escalones. Estaba en un lugar seguro, decía Maximilian, por lo que no tenían nada que temer. Si ocurriese algo, advirtió Benjamin, bastaba con llamarle y en cuestión de pasos ya estaría a su lado.
Cuando la dejaron sola por esos momentos, Rose se detuvo a observar lo que la rodeaba. A pesar de la gente que había en la calle, no había demasiado ruido. Todos parecían hablar en voz baja... Había un hombre de unos cuarenta que la miraba desde la distancia, pero no le echó demasiada cuenta. Era seguramente la única en el pueblo en silla de ruedas y no era de extrañar que llamase un tanto la atención, pero entonces reparó en su alrededor. No había ni una sola persona en toda la calle que no estuviese quieta, erguida como una estatua, mirándola fijamente. Habían dejado todo lo que habían estado haciendo antes y simplemente la miraban, sin moverse, sin pestañear, como columnas, estacas clavadas en la tierra, firmes y con los brazos pegados al pueblo. El ambiente de pronto se volvió un tanto opresivo y Rose comenzó a inquietarse. Esas miradas constantes, ininterrumpidas y que la rodeaban por todas partes la hacían sentir incómoda como nunca ¿Tan rara era? ¿O era otra cosa? Sintió entonces que la silla se movía y respiró tranquila, pero cuando sintió que Benjamin dejaba de empujar la silla y la rodeaba para hablarle a la cara, no fue a su padre a quien vio. Era un hombre de unos... ¿Treinta? ¿Cuarenta? Su rostro no mostraba una avanzada edad, pero su cabello y su barba, sobre todo su barba, le hacía parecer más viejo. Llevaba puesta una gabardina llena de polvo a la altura de las rodillas. Se acuclilló ante la silla y la observó con ojos brillantes. Rose estuvo por decir algo, pero el hombre se llevó un dedo a los labios -Finge que me conoces y no pasará nada- masculló con total claridad y sin la menor amenaza en la voz -No voy a hacerte daño- dijo, aunque extendió la mano y la tomó de la barbilla. El contacto era áspero, duro. Era como si sus dedos fueran más músculosos que la propia Rose en su conjunto -No te resistas, será rápido- dijo simplemente, moviéndole la cabeza de un lado a otro. Rose estaba paralizada ante el extraño -...Eres nueva aquí- dijo, tras examinarle la cara y el cuello -Has llegado recientemente- no preguntaba, afirmaba -No te he visto llegar, sin embargo- la miró a los ojos. No, no era un hombre mayor. No era demasiado mayor que ella, pero tenía ese aspecto y esa mirada... La mirada de un hombre que guardaba secretos, la mirada, a su vez, del miedo más puro e inenarrable -Sea quien seas, muchacha, no deberías estar aquí- Rose se armó de valor para declarar que estaba con su familia y había sido él quien había empujado la silla para apartarla de la entrada de la tienda -No deberías estar en Woodnacht- agregó el desconocido -Este pueblo no es para ti. Ni para tu familia, si ha venido contigo. Vete de este lugar. Está bañado por la sombra de una pesadilla de la que no podrás escapar-
-¿Rose?- Benjamin salió de la tienda al no ver a la chica en la entrada -Rose- la llamó de nuevo, al verla a unos metros más allá, con el extraño muchacho agachado ante ella -¿Quién es? ¿Te está molestando?- preguntó Benjamin con severidad, aferrando la silla para apartar a Rose
-Lamento molestar- dijo el chico poniéndose en pie -No le he hecho nada malo, ni pretendo hacerlo. Dígame señor ¿Es usted su familia?-
-Su padre- dijo vehemente
-¿Y ha llegado recientemente junto a ella?-
-¿A qué viene este interrogatorio, chico?- frunció el ceño
-Hay cosas que uno necesita saber...- masculló, pasando la mirada de Benjamin a Rose -No durmáis en este pueblo. No os atreváis a soñar-
-¿Va todo bien, Benjamin?- Max y Alice aparecieron con unos paquetes con comida e ingredientes en los brazos. Ante la presencia de Maximilian, el muchacho se marchó sin decir nada más
-Ese tipo estaba hablando con Rose-
-Sullyvan- suspiró Alice -Sullyvan Thatch, se hace llamar. A saber si es su verdadero nombre, aunque todo el mundo le conoce por el mismo. No está muy bien de la cabeza. A veces dice cosas raras. Es inofensivo, al menos-
-¿Es seguro que ronde por el pueblo?- se cuestionó Benjamin
-Como digo, tío Ben, es inofensivo. Jamás le ha hecho daño a nadie. Sólo hace unas rondas por las calles y se larga. Suele hablar con los recién llegados pero luego los deja en paz cuando pasan unos días. Es una lástima sin embargo que no sea un chico decente ¿Opinas igual, Rose? No está nada mal...-
-Alice- regañó Max -Compórtate, hija-
-No importa- aquel comentario de jovencita desairada animó a Benjamin a restarle importancia al tal Sullyvan -Si de verdad es como nos cuenta Alice, seguramente no volverá a molestarnos-
-Seguro que ni siquiera se os acerca de nuevo- terció Max -¿Regresamos?- se dispusieron a volver y Rose simplemente se había quedado dándole vueltas a ese muchacho. Se atrevió incluso a mirar atrás, al camino que Sullyvan había tomado. Por alguna razón no le sorprendió demasiado verlo allí, mirándola fijamente junto a una esquina, pero diferente a como los pueblerinos la habían mirado antes. Pueblerinos que, ahora que reparaba, la ignoraban por completo y seguían con sus quehaceres. Sólo Sullyvan los observaba y no de aquella forma inquietante. Con un gesto, sabiendo que ella le estaba mirando a él también, negó con la cabeza y se llevó una mano a la sien cerrando los ojos un instante.
"No duermas"
martes, 16 de enero de 2018
El olor a carbón inundaban los frágiles pulmones de la chica, que sumida en pensamientos, respiraba a través de un pañuelo blanco para así evitar la molesta tos que provocaba su común asfixia. El traqueteo del ferrocarril no la ayudaba a relajarse lo suficiente, a pesar de los bellísimos y luminosos paisajes arenosos, en tonos amarillos y rojizos, que se dejaban ver a través de la gruesa ventanilla de cristal. Por ello, el malestar empezaba a hacer mella en Rose. Estaba cansada. Se sentía perdida en aquellas tierras, en aquel continente tan distinto al que ella pertenecía. Las dudas la asaltaron. ¿Y si habían vendido su casa para nada? ¿Y si se habían arruinado por una estupidez? Inconscientemente, arrugó el pañuelo que sostenía hasta que los nudillos de su mano se pusieron blancos.
-Mira este cielo, Rose ¿No es genial? Es tan... azul- aseguró Benjamin Miller, su padre, sentado frente a la chica. Era consciente de sus nervios, y de la repercusión que tenían en su débil hija, de manera que decidió distraerla con una charla banal. Normalmente, solía funcionar.
-Me siento perdida en este sitio...- se quejó Rose.
-Todos nos sentimos perdidos cuando nos alejamos de nuestro hogar. Algunos deciden partir sin nada más que unos zapatos mal cosidos. Nosotros, al menos, marchamos con la seguridad de que tenemos un lugar al que ir-
-¿Y si...? ¿Y si no les gusto? ¿Y si piensan que soy una molestia?- Rose se mordió el labio inferior y cerró los ojos. La idea de ser una carga para alguien la aterraba demasiado.
-No vas a ser una molestia. Ya verás. Todo va a cambiar a partir de ahora. Este cambio te sentarás bien. Mejorarás. Pronto mejorarás- La chica miró a su padre de reojo. Estaba tan esperanzado desde que el doctor le dijo en la última visita que el aire de Londres perjudicaba a la salud de su hija, y que un cambio de aires, un traslado hacia un lugar con un aire más puro y menos contaminado, mejoraría su estado, que cualquier palabra negativa y en contra la obviaba. A Benjamin no le hizo falta demasiado tiempo para poner en venta su humilde hogar y todos los recuerdos que éste contenía, cuando tras un intercambio sencillo de cartas, su hermano Maximilliam, residentes desde hacía años en lejanas y rojizas tierras del Oeste de América, le sugirió que ambos fuesen a vivir con él y empezar una nueva vida en Woodnacht. Rose intentó persuadirle, convencerle de que perderlo todo para pagar un viaje podría costarles caro, pero no hubo forma de retraer las ideas de Benjamin. Ahora, ambos se hallaban en el interior de un ferrocarril, demasiado lejos ya de Londres, demasiado cerca de Woodnacht. Rose lanzó una mirada distraída a la silla de ruedas que descansaba junto con sus modesto y escaso equipaje. Sabía que no se iba a deshacer de ella jamás.
El ferrocarril frenó lentamente, haciendo que algunos viajeros que, imprudentemente se hallaban en pie, tropezasen cuando el movimiento cesó. Benjamin se puso en pie y se ajustó los tirantes que vestía bajo una oscura chaqueta gris. Rose se había fijado, a juzgar por el resto de ropas vestidas dentro de aquel tren, que la ropa de ambos desentonaban con la tendencia de aquel lugar. Mientras que ambos vestían ropajes oscuros y sobrios, la gente de aquellas tierras, conjuntaban su marcado y descuidado acento junto con unos ropajes más llamativos y coloridos. -¿Hemos llegado?-
-No. Maximilliam me dijo que no podríamos llegar hasta Woodnacht tan cómodamente. Si no me equivoco, esta ciudad es Clearwater. La casa de tu tío debe estar... A unos doce kilómetros- A la chica le pesó la distancia sobre sus hombros a pesar de que no podía usar las piernas para recorrerla.
-¡¿Doce kilómetros?!-
-Rose, la vida aquí no es como en Londres. Allí todo son facilidades. Aquí tendremos que adaptarnos un poco ¿De acuerdo? No desfallezcamos antes de empezar-
-¿Han venido a buscarnos, al menos?-
-En su última carta, mi hermano me explicó que no podría hacerlo. Tiene asuntos personales que atender. Supongo que el trabajo en una hacienda es demasiado... agotador, para ser llevado sólo por dos personas. Mi mano les vendrá bien- Benjamin sonrió al decir aquello, pero Rose suspiró. Su padre no era un hombre joven. Acababa de entrar en los cincuenta, y lo que menos necesitaría su cuerpo ahora era laboriosos trabajos de campo. -Vamos. En pie. Cuanto antes lleguemos, antes descansaremos-
La muchacha se puso en pie con ayuda de un bastón bastante antiguo y feo. Caminó con tranquilidad hasta la salida del tren. Una vez en ella, tuvo que hacer un enorme esfuerzo para bajar los escalones, inconvenientemente demasiados separados el uno del otro. Tras ella, su padre cargó la silla de ruedas, cuyo peso era casi insoportable, junto con el par de maletas que conformaban el equipaje. El ferrocarril partió, dejando tras de sí una enorme nube negra que Rose apenas pudo digerir. Tosió hasta que sus pulmones no pudieron hacer más esfuerzo, y luego, se calmó. Se sentó sobre la silla y Benjamin comenzó a empujarla para salir de aquella estación tan rústica.
Lo que se abrió a los ojos de ambos, era algo que ni si quiera tras las ventanillas del tren pudieron apreciar. Un enorme paraje de cielo azulado, sol brillante y caluroso, relieves enormes y rocosos, y arenosas y polvorientas tierras rojizas surcadas por cientos de arbustos y hierbajos autóctonos. Rose inspiró hondo. El aire de aquella ciudad, aparentemente ganadera, era limpio y ligero. No tenía nada que ver con el aire cargado y maloliente de Londres. Sus pulmones agradecieron cada bocanada de aire. Tanto fue así, que tuvo que sonreír, aliviada por un momento de dudas y miedos. Benjamin, al verla, también sonrió. Encontró fuerzas y motivación suficiente para empujar la silla sobre el suelo sin adoquinar, en dirección hacia el Norte. Woodnacht se hacía de esperar.
Tras cuatro horas de constante camino, siguiendo un mapa antiguo y desprovisto de pistas que condujesen hacia la ciudad señalada, Benjamin decidió detener el paso. Sudaba a mares. Su rostro estaba totalmente empapado, tanto como sus cabellos rubios y su bigote señorial. Rose también sentía aquella calor tan pegajosa y poco habitual en su costumbre. Se deshizo de cuanta ropa pudo hasta que nada más que su vestido y ropa interior quedaron sobre su cuerpo. Apoyándose de nuevo en el bastón, se puso en pie. -¿Qué haces, hija? Siéntate- Benjamin abrió mucho los ojos y extendió las manos rápidamente hacia la muchacha.
-Tengo ganas de andar. Se hará más corto el camino si descansas de empujar un rato-
-Pero puedes tropezar- temió.
-Si tropiezo me volveré a levantar. No voy a romperme nada. El suelo húmedo de Londres parece mucho más peligroso que esta arena- Dicho aquello, Rose tomó apoyo del bastón para dar sus primeros pasos en tierras americanas. Se encontraban sobre una pendiente, de modo que la chica, realmente, encontró dificultoso el ascenso. Pero por suerte, al llegar hacia la zona más alta, divisó una enorme casa de color oscuro en mitad de tierras perfectamente labradas. Se colocó la mano sobre la frente para dar sombra a sus ojos. Tras la casa, si agudizaba la vista, podía contemplar lo que parecía una población pequeña, a un par de kilómetros alejada del lugar. -Padre ¿Esa es la hacienda?- preguntó Rose extrañada. Benjamin dio un último empujón a la silla, ahora vacía, hasta llegar a la posición de su hija. Luego, frunció el ceño.
-Sí... creo que es esa. La casa y las tierras son tal y como las describió Maximilliam. Incluso el granero tras la casa... Todo es igual-
-¿No se suponía que estaba más lejos?-
-Sí, pero... Debemos haber llegado más de prisa de lo que esperábamos.- Benjamin encogió los hombros y puso los ojos en blanco. -Bien por nosotros- sonrió. -¿Preparada para conocer a tu tío y prima?- Rose se mordió el labio, pero no contestó. -Me lo tomaré como un sí.-
La chica volvió a sentarse sobre la silla, pues se sintió agotada por un momento. Benjamín continuó empujando, ahora pendiente abajo, hasta llegar a una distancia prudente de la casa desde la que Rose pudo apreciarla mejor. Una cabeza de pelos rojizos y rizados asomó por un instante desde una de las ventanas superiores. Desapareció, y a los segundos, abrió la puerta, mostrando su verdadero físico. Se trataba de una mujer alta, de nariz aguileña y rostro surcado de pecas. Debía tener la misma edad que Rose, y sin embargo, parecía ligeramente más mayor. Esbozó una sonrisa radiante, brillante, enorme. Por último, dirigió la mirada hacia dentro de la casa, un lugar que la oscuridad no pudo mostrar desde fuera. -¡Padre! ¡Están aquí ya!-
-Mira este cielo, Rose ¿No es genial? Es tan... azul- aseguró Benjamin Miller, su padre, sentado frente a la chica. Era consciente de sus nervios, y de la repercusión que tenían en su débil hija, de manera que decidió distraerla con una charla banal. Normalmente, solía funcionar.
-Me siento perdida en este sitio...- se quejó Rose.
-Todos nos sentimos perdidos cuando nos alejamos de nuestro hogar. Algunos deciden partir sin nada más que unos zapatos mal cosidos. Nosotros, al menos, marchamos con la seguridad de que tenemos un lugar al que ir-
-¿Y si...? ¿Y si no les gusto? ¿Y si piensan que soy una molestia?- Rose se mordió el labio inferior y cerró los ojos. La idea de ser una carga para alguien la aterraba demasiado.
-No vas a ser una molestia. Ya verás. Todo va a cambiar a partir de ahora. Este cambio te sentarás bien. Mejorarás. Pronto mejorarás- La chica miró a su padre de reojo. Estaba tan esperanzado desde que el doctor le dijo en la última visita que el aire de Londres perjudicaba a la salud de su hija, y que un cambio de aires, un traslado hacia un lugar con un aire más puro y menos contaminado, mejoraría su estado, que cualquier palabra negativa y en contra la obviaba. A Benjamin no le hizo falta demasiado tiempo para poner en venta su humilde hogar y todos los recuerdos que éste contenía, cuando tras un intercambio sencillo de cartas, su hermano Maximilliam, residentes desde hacía años en lejanas y rojizas tierras del Oeste de América, le sugirió que ambos fuesen a vivir con él y empezar una nueva vida en Woodnacht. Rose intentó persuadirle, convencerle de que perderlo todo para pagar un viaje podría costarles caro, pero no hubo forma de retraer las ideas de Benjamin. Ahora, ambos se hallaban en el interior de un ferrocarril, demasiado lejos ya de Londres, demasiado cerca de Woodnacht. Rose lanzó una mirada distraída a la silla de ruedas que descansaba junto con sus modesto y escaso equipaje. Sabía que no se iba a deshacer de ella jamás.
El ferrocarril frenó lentamente, haciendo que algunos viajeros que, imprudentemente se hallaban en pie, tropezasen cuando el movimiento cesó. Benjamin se puso en pie y se ajustó los tirantes que vestía bajo una oscura chaqueta gris. Rose se había fijado, a juzgar por el resto de ropas vestidas dentro de aquel tren, que la ropa de ambos desentonaban con la tendencia de aquel lugar. Mientras que ambos vestían ropajes oscuros y sobrios, la gente de aquellas tierras, conjuntaban su marcado y descuidado acento junto con unos ropajes más llamativos y coloridos. -¿Hemos llegado?-
-No. Maximilliam me dijo que no podríamos llegar hasta Woodnacht tan cómodamente. Si no me equivoco, esta ciudad es Clearwater. La casa de tu tío debe estar... A unos doce kilómetros- A la chica le pesó la distancia sobre sus hombros a pesar de que no podía usar las piernas para recorrerla.
-¡¿Doce kilómetros?!-
-Rose, la vida aquí no es como en Londres. Allí todo son facilidades. Aquí tendremos que adaptarnos un poco ¿De acuerdo? No desfallezcamos antes de empezar-
-¿Han venido a buscarnos, al menos?-
-En su última carta, mi hermano me explicó que no podría hacerlo. Tiene asuntos personales que atender. Supongo que el trabajo en una hacienda es demasiado... agotador, para ser llevado sólo por dos personas. Mi mano les vendrá bien- Benjamin sonrió al decir aquello, pero Rose suspiró. Su padre no era un hombre joven. Acababa de entrar en los cincuenta, y lo que menos necesitaría su cuerpo ahora era laboriosos trabajos de campo. -Vamos. En pie. Cuanto antes lleguemos, antes descansaremos-
La muchacha se puso en pie con ayuda de un bastón bastante antiguo y feo. Caminó con tranquilidad hasta la salida del tren. Una vez en ella, tuvo que hacer un enorme esfuerzo para bajar los escalones, inconvenientemente demasiados separados el uno del otro. Tras ella, su padre cargó la silla de ruedas, cuyo peso era casi insoportable, junto con el par de maletas que conformaban el equipaje. El ferrocarril partió, dejando tras de sí una enorme nube negra que Rose apenas pudo digerir. Tosió hasta que sus pulmones no pudieron hacer más esfuerzo, y luego, se calmó. Se sentó sobre la silla y Benjamin comenzó a empujarla para salir de aquella estación tan rústica.
Lo que se abrió a los ojos de ambos, era algo que ni si quiera tras las ventanillas del tren pudieron apreciar. Un enorme paraje de cielo azulado, sol brillante y caluroso, relieves enormes y rocosos, y arenosas y polvorientas tierras rojizas surcadas por cientos de arbustos y hierbajos autóctonos. Rose inspiró hondo. El aire de aquella ciudad, aparentemente ganadera, era limpio y ligero. No tenía nada que ver con el aire cargado y maloliente de Londres. Sus pulmones agradecieron cada bocanada de aire. Tanto fue así, que tuvo que sonreír, aliviada por un momento de dudas y miedos. Benjamin, al verla, también sonrió. Encontró fuerzas y motivación suficiente para empujar la silla sobre el suelo sin adoquinar, en dirección hacia el Norte. Woodnacht se hacía de esperar.
Tras cuatro horas de constante camino, siguiendo un mapa antiguo y desprovisto de pistas que condujesen hacia la ciudad señalada, Benjamin decidió detener el paso. Sudaba a mares. Su rostro estaba totalmente empapado, tanto como sus cabellos rubios y su bigote señorial. Rose también sentía aquella calor tan pegajosa y poco habitual en su costumbre. Se deshizo de cuanta ropa pudo hasta que nada más que su vestido y ropa interior quedaron sobre su cuerpo. Apoyándose de nuevo en el bastón, se puso en pie. -¿Qué haces, hija? Siéntate- Benjamin abrió mucho los ojos y extendió las manos rápidamente hacia la muchacha.
-Tengo ganas de andar. Se hará más corto el camino si descansas de empujar un rato-
-Pero puedes tropezar- temió.
-Si tropiezo me volveré a levantar. No voy a romperme nada. El suelo húmedo de Londres parece mucho más peligroso que esta arena- Dicho aquello, Rose tomó apoyo del bastón para dar sus primeros pasos en tierras americanas. Se encontraban sobre una pendiente, de modo que la chica, realmente, encontró dificultoso el ascenso. Pero por suerte, al llegar hacia la zona más alta, divisó una enorme casa de color oscuro en mitad de tierras perfectamente labradas. Se colocó la mano sobre la frente para dar sombra a sus ojos. Tras la casa, si agudizaba la vista, podía contemplar lo que parecía una población pequeña, a un par de kilómetros alejada del lugar. -Padre ¿Esa es la hacienda?- preguntó Rose extrañada. Benjamin dio un último empujón a la silla, ahora vacía, hasta llegar a la posición de su hija. Luego, frunció el ceño.
-Sí... creo que es esa. La casa y las tierras son tal y como las describió Maximilliam. Incluso el granero tras la casa... Todo es igual-
-¿No se suponía que estaba más lejos?-
-Sí, pero... Debemos haber llegado más de prisa de lo que esperábamos.- Benjamin encogió los hombros y puso los ojos en blanco. -Bien por nosotros- sonrió. -¿Preparada para conocer a tu tío y prima?- Rose se mordió el labio, pero no contestó. -Me lo tomaré como un sí.-
La chica volvió a sentarse sobre la silla, pues se sintió agotada por un momento. Benjamín continuó empujando, ahora pendiente abajo, hasta llegar a una distancia prudente de la casa desde la que Rose pudo apreciarla mejor. Una cabeza de pelos rojizos y rizados asomó por un instante desde una de las ventanas superiores. Desapareció, y a los segundos, abrió la puerta, mostrando su verdadero físico. Se trataba de una mujer alta, de nariz aguileña y rostro surcado de pecas. Debía tener la misma edad que Rose, y sin embargo, parecía ligeramente más mayor. Esbozó una sonrisa radiante, brillante, enorme. Por último, dirigió la mirada hacia dentro de la casa, un lugar que la oscuridad no pudo mostrar desde fuera. -¡Padre! ¡Están aquí ya!-
-Se llamaba Gregory- masculló la pesada y carrasposa voz del hombre, que a pesar de tener 33 años, aparentaba ser más mayor debido a su pelo largo y arapiento repeinado hacia atrás, recogido en una cola y su barba hirsuta -Y le he visto cada noche en los últimos años. En mi duermevela he visto sus pesados pasos en lejanas batallas. Le he visto combatir contra los Casacas Rojas. Le he contemplado vagar por bosques cerca del río Mohawk... He visto en mis sueños a ese hombre, que ha vivido por más de 100 años- narró, contemplando el fuego crepitante, reflejado en sus ojos. Todo cuanto le rodeaba era sombra, oscuridad, y miradas nerviosas, preocupadas, muertas de terror. El narrador se sentaba sobre un tronco de madera talado y tirado en el suelo. Jugaba nervioso con sus dedos sucios, llenos de tierra, con la piel agrietada y las uñas ennegrecidas de sangre seca -Y digo que ha vivido porque le sigo viendo, hoy día. Camina por mi lado. Me saluda con un gentil gesto con el ala de su sombrero. Lo veo llevar sus manos a las pieles de porcelana de las mujeres de Woodnacht...- suspiró -Desconozco del todo bien la razón por la que ocurre, aún sigo buscando los hechos, las razones, pero es sólo al dormir cuando le veo. A él y a esas cosas, horrendas en ocasiones, que pululan en las sombras. No distingo sus formas, no contemplo sus más que evidentes deformes cuerpos, pero me observan. Me vigilan. Siento la pesada presión de su mirada en el cogote y que me maldiga Dios si verdaderamente existe si estoy mintiendo- se alteró ligeramente por un instante. Tomó aire, reflexionó un momento, y bufó calmándose
-¿Qué... más ves?- habló con duda y voz temblorosa uno de quienes oían al narrador
-He visto cómo llegó a Woodnacht. Cómo la caravana en la que viajaba se acercó demasiado a ese maldito lugar, les arreció una tormenta y tuvieron que buscar refugio... Incautos- se meció la barba -Esa misma noche ya estaba yaciendo con seis mujeres distintas, a cada cual más exhuberante en sus ensoñaciones. Faltaba polla para tantas bocas, manos y tetas- gruñó -Idiotas... más que idiotas...- sollozó, con la voz quebrada
-Déjalo salir- asintió el oyente principal -Limpia tu espíritu...-
-¿Limpiar mi espíritu?- sonrió entonces, divertidamente sarcástico -No se puede limpiar nada que ese lugar ya ha mancillado-
-Al menos tú puedes salir. Has conseguido librarte de su hechizo-
-Sólo de forma parcial. Oigo sus susurros ¿Sabes? Oigo su voz, su canto de sirena. Ese lugar me atrae como la miel a las moscas. Siento que es mi hogar aunque lo odio. Todo, cada parte de tierra, cada establecimiento. Y sobre todo la maldita vieja mansión-
-Fuerza, es lo que necesitas. Determinación, Sullyvan- se cruzó de brazos el oyente
-Es fácil para vosotros decirlo. Muy fácil- mantenía la sonrisa -Aquí estáis, no os acercais apenas a ese lugar. Os consideráis a salvo de lo que quiera que mora en ese infierno... Es sencillo hablar de fuerza, Kawute, cuando estás libre de su influjo- acusó. Entonces, el oyente nativo se levantó de su respectivo asiento de piedra y lanzó unos polvillos a la llamarada. Ésta se alzó y crepitó con fuerza. La mirada se Sullyvan ardía con la misma intensidad, clavada en el nativo, rodeado por un séquito de, seguramente, hijos
-Que el Espíritu te olvide, hijo de hombres blancos. Por hoy hemos terminado- recitó severo el nativo esperando a que Sullyvan se levantara. Éste hizo lo propio, tomó un tablón de la fogata que utilizaría como antorcha y regresó rumbo a su casucha, construida a mano por él mismo, a un par de kilómetros de donde se había reunido con los nativos.
Sullyvan Thatch era su nombre, era lo poco que en ocasiones sabía de sí mismo. El cómo llegó a Woodnacht era algo que no recordaba apenas, pero sí soñaba con cómo habían llegado muchos de los habitantes. En varias ocasiones incluso soñaba con los que ya habían fallecido y habían dejado de existir. Lo detestaba. Todo ello sin contar con esa extraña sensación de que había algo más. Seres que no eran humanos, pero tampoco eran perros, chacales o pumas de las montañas. Los oía sisear, mascullar, gañir como las pesadillas reptantes que eran, siempre pululando en las sombras. El resumen de toda la vida de Sullyvan era precisamente el no dormir. Optó por ello hacía muchos años, cuando fue consciente de sí mismo, cuando al cabo de un tiempo comenzó a soñar con cosas tan reales que le hacían asfixiarse cuando despertaba al llegar el alba. En ocasiones veía cuevas, túneles tan profundos que parecían conducir al mismísimo centro de la tierra misma. En las paredes de esos túneles de vez en cuando brillaba oro, un oro que nadie se había atrevido a cavar ¿Y a quién juzgar? Él mismo no se atrevía, pues era malicioso, codicioso, estaba ahí para tentarle y él sólo quería salir de ese horrible lugar. Se dio cuenta hacía ya unos años que esos sueños no eran diferentes de la realidad y que no era el único al que le pasaba. Todo aquel que vivía en Woodnacht durante unos días acababa inmerso en el corazón terrible y tenebroso del pueblo, y como tales, acababan convirtiéndose en locos obsesos con aquella extraña religión horrorosa que todos allí profesaban en una iglesia oscura y casi sin iluminación que privaba de la visión de los terribles rituales que dentro se llevaban a cabo. Sullyvan estaba desesperado, muerto en vida, y lo peor de todo es que no podía abandonar el lugar, se lo impedían dos razones: la intensa curiosidad que le hacía actuar de vigilante, siempre oteando a los horizontes, una suerte de guardián que trataba de prevenir a cualquier alma nueva que llegaba a las puertas del averno... y la influencia del lugar que pese a no tomar completa posesión de él, le llamaba y trataba de mantenerlo pegado a su oscura estructura social y religiosa, fanática, completamente desagradable y tenebrosa. Así lo había decidido entonces, si así le quería lo que fuera que gobernaba ese lugar, se quedaría siendo precisamente su mayor enemigo, hasta que exhalara su último aliento.
Aquella noche Sullyvan se preparó en una vieja cacerola casi completamente oxidada un soso estofado con la carne de un conejillo que encontró ya muerto, seguramente por un coyote o algún animal similar. Afortunadamente aún tenía carne y decidió aprovecharla, pues el hambre a veces le desgarraba las entrañas. No recordaba la última vez que había comido en condiciones. A veces tenía la sensación de que ni los animales se acercaban demasiado a aquel lugar, y no se equivocaba del todo. Tomó un pequeño muslito de la cacerola y lo mordió, masticando con lentitud, pensativo. Empezó a oir el viento. Las pequeñas aberturas en la madera que conformaba su casa funcionaban como conductos del aire, creando corriente que silbaba de forma fantasmagórica cada vez que llegaban esos golpes de viento escalofriantes. La temperatura descendió de forma considerable en un abrir y cerrar de ojos y aquello lo puso alerta. Dejó la carne en la cacerola y se puso en pie muy despacio, oyendo atentamente. Susurros. Oía susurros. Voces que parecían estar muy, muy lejanas al lugar en el que se encontraba. Se acercó a la pared junto al camastro donde tenía apoyada una vieja lanza que aquellos nativos que de vez en cuando acudían a él para que les contara vivencias y sueños que sufría a cambio de "purificación espiritual" que Sullyvan creía completamente innecesaria e inútil le regalaron hace tiempo, según ellos, capaz de herir a las pesadillas. La punta era una extraña piedra de un material que no conseguía identificar, estaba afiladísima y de ella parecía manar un brillo rojizo, carmesí, que recordaba a la sangre. Una vez armado, Sullyvan abrió la puerta y se asomó a la enormísima oscuridad que rodeaba su casa, interrumpida por algún que otro punto de luz en el alejado pueblo de Woodnacht donde sus fanáticos habitantes aún hacían vida nocturna. Los susurros se acallaron y el viento desapareció tan súbitamente como había aparecido. Suspirando, sintiendo el sudor frío recorrerle el cuerpo, el hombre volvió al interior de su hogar cerrando la puerta con cuidado. Cuando se volteó para dejar la lanza apoyada en la pared, estaba ahí todo cuanto había temido. Anclado a la pared como una araña enorme y llena de cabellos goteando sangre, empapando el suelo, la misma pared y parte de la cama, la criatura, si es que se le podía definir incluso de ese modo, le observaba con ojos dorados, abultados, sin iris alguno. Tenía forma humanoide, con tronco brazos y piernas cubiertas de esa maraña de cabello ensangrentado. Por un instante creyó ver al legendario hombre lobo que tantas veces se había oido en rumores, pero él sabía que no se trataba de eso. Lo que estaba viendo no era un rumor, era algo que era real y no al mismo tiempo. Aquella cosa, cuya cabeza era similar a un hocico de perro largo y torcido, abrió sus fauces de forma horizontal mostrando una hilera de dientes sin fin y varias lenguas delgadas como retales de tela rojiza. Sullyvan aferró la lanza con fuerza y se preparó para defenderse de esa horrorosa visión. Justo antes de que el extraño ser se lanzara sobre el hombre y el hombre a su vez se prestara al ataque lanza en ristre, vio que de entre las sombras que proyectaba el pequeño fuego de la cacerola manaban zarcillos como tentáculos que se arremolinaban en torno a él para apresarle.
Sullyvan despertó gritando, bañado en sudor, en el suelo. Se había quedado profundamente dormido ante la cacerola que había puesto para cenar. La comida se había echado a perder completamente a esas horas. Los primeros rayos del sol ya entraban por entre los maderos que conformaban la pared y estructura de su casucha. Le faltaba el aire. Le temblaban las piernas de puro terror. Se llevó las manos a la cara y sollozó con fuerza, tratando de no romper en un profundo llanto que lo llevaría al mismísimo delirio. Otra vez, un día más que afrontar, tras una noche infernal en la que no había logrado vencer a la necesidad de dormir. Pero debía hacerlo, debía soportarlo para sobrevivir. Pero en esos momentos, con el alba, lo que le tocaba era vigilar el pueblo maldito de Woodnacht.
-¿Qué... más ves?- habló con duda y voz temblorosa uno de quienes oían al narrador
-He visto cómo llegó a Woodnacht. Cómo la caravana en la que viajaba se acercó demasiado a ese maldito lugar, les arreció una tormenta y tuvieron que buscar refugio... Incautos- se meció la barba -Esa misma noche ya estaba yaciendo con seis mujeres distintas, a cada cual más exhuberante en sus ensoñaciones. Faltaba polla para tantas bocas, manos y tetas- gruñó -Idiotas... más que idiotas...- sollozó, con la voz quebrada
-Déjalo salir- asintió el oyente principal -Limpia tu espíritu...-
-¿Limpiar mi espíritu?- sonrió entonces, divertidamente sarcástico -No se puede limpiar nada que ese lugar ya ha mancillado-
-Al menos tú puedes salir. Has conseguido librarte de su hechizo-
-Sólo de forma parcial. Oigo sus susurros ¿Sabes? Oigo su voz, su canto de sirena. Ese lugar me atrae como la miel a las moscas. Siento que es mi hogar aunque lo odio. Todo, cada parte de tierra, cada establecimiento. Y sobre todo la maldita vieja mansión-
-Fuerza, es lo que necesitas. Determinación, Sullyvan- se cruzó de brazos el oyente
-Es fácil para vosotros decirlo. Muy fácil- mantenía la sonrisa -Aquí estáis, no os acercais apenas a ese lugar. Os consideráis a salvo de lo que quiera que mora en ese infierno... Es sencillo hablar de fuerza, Kawute, cuando estás libre de su influjo- acusó. Entonces, el oyente nativo se levantó de su respectivo asiento de piedra y lanzó unos polvillos a la llamarada. Ésta se alzó y crepitó con fuerza. La mirada se Sullyvan ardía con la misma intensidad, clavada en el nativo, rodeado por un séquito de, seguramente, hijos
-Que el Espíritu te olvide, hijo de hombres blancos. Por hoy hemos terminado- recitó severo el nativo esperando a que Sullyvan se levantara. Éste hizo lo propio, tomó un tablón de la fogata que utilizaría como antorcha y regresó rumbo a su casucha, construida a mano por él mismo, a un par de kilómetros de donde se había reunido con los nativos.
Sullyvan Thatch era su nombre, era lo poco que en ocasiones sabía de sí mismo. El cómo llegó a Woodnacht era algo que no recordaba apenas, pero sí soñaba con cómo habían llegado muchos de los habitantes. En varias ocasiones incluso soñaba con los que ya habían fallecido y habían dejado de existir. Lo detestaba. Todo ello sin contar con esa extraña sensación de que había algo más. Seres que no eran humanos, pero tampoco eran perros, chacales o pumas de las montañas. Los oía sisear, mascullar, gañir como las pesadillas reptantes que eran, siempre pululando en las sombras. El resumen de toda la vida de Sullyvan era precisamente el no dormir. Optó por ello hacía muchos años, cuando fue consciente de sí mismo, cuando al cabo de un tiempo comenzó a soñar con cosas tan reales que le hacían asfixiarse cuando despertaba al llegar el alba. En ocasiones veía cuevas, túneles tan profundos que parecían conducir al mismísimo centro de la tierra misma. En las paredes de esos túneles de vez en cuando brillaba oro, un oro que nadie se había atrevido a cavar ¿Y a quién juzgar? Él mismo no se atrevía, pues era malicioso, codicioso, estaba ahí para tentarle y él sólo quería salir de ese horrible lugar. Se dio cuenta hacía ya unos años que esos sueños no eran diferentes de la realidad y que no era el único al que le pasaba. Todo aquel que vivía en Woodnacht durante unos días acababa inmerso en el corazón terrible y tenebroso del pueblo, y como tales, acababan convirtiéndose en locos obsesos con aquella extraña religión horrorosa que todos allí profesaban en una iglesia oscura y casi sin iluminación que privaba de la visión de los terribles rituales que dentro se llevaban a cabo. Sullyvan estaba desesperado, muerto en vida, y lo peor de todo es que no podía abandonar el lugar, se lo impedían dos razones: la intensa curiosidad que le hacía actuar de vigilante, siempre oteando a los horizontes, una suerte de guardián que trataba de prevenir a cualquier alma nueva que llegaba a las puertas del averno... y la influencia del lugar que pese a no tomar completa posesión de él, le llamaba y trataba de mantenerlo pegado a su oscura estructura social y religiosa, fanática, completamente desagradable y tenebrosa. Así lo había decidido entonces, si así le quería lo que fuera que gobernaba ese lugar, se quedaría siendo precisamente su mayor enemigo, hasta que exhalara su último aliento.
Aquella noche Sullyvan se preparó en una vieja cacerola casi completamente oxidada un soso estofado con la carne de un conejillo que encontró ya muerto, seguramente por un coyote o algún animal similar. Afortunadamente aún tenía carne y decidió aprovecharla, pues el hambre a veces le desgarraba las entrañas. No recordaba la última vez que había comido en condiciones. A veces tenía la sensación de que ni los animales se acercaban demasiado a aquel lugar, y no se equivocaba del todo. Tomó un pequeño muslito de la cacerola y lo mordió, masticando con lentitud, pensativo. Empezó a oir el viento. Las pequeñas aberturas en la madera que conformaba su casa funcionaban como conductos del aire, creando corriente que silbaba de forma fantasmagórica cada vez que llegaban esos golpes de viento escalofriantes. La temperatura descendió de forma considerable en un abrir y cerrar de ojos y aquello lo puso alerta. Dejó la carne en la cacerola y se puso en pie muy despacio, oyendo atentamente. Susurros. Oía susurros. Voces que parecían estar muy, muy lejanas al lugar en el que se encontraba. Se acercó a la pared junto al camastro donde tenía apoyada una vieja lanza que aquellos nativos que de vez en cuando acudían a él para que les contara vivencias y sueños que sufría a cambio de "purificación espiritual" que Sullyvan creía completamente innecesaria e inútil le regalaron hace tiempo, según ellos, capaz de herir a las pesadillas. La punta era una extraña piedra de un material que no conseguía identificar, estaba afiladísima y de ella parecía manar un brillo rojizo, carmesí, que recordaba a la sangre. Una vez armado, Sullyvan abrió la puerta y se asomó a la enormísima oscuridad que rodeaba su casa, interrumpida por algún que otro punto de luz en el alejado pueblo de Woodnacht donde sus fanáticos habitantes aún hacían vida nocturna. Los susurros se acallaron y el viento desapareció tan súbitamente como había aparecido. Suspirando, sintiendo el sudor frío recorrerle el cuerpo, el hombre volvió al interior de su hogar cerrando la puerta con cuidado. Cuando se volteó para dejar la lanza apoyada en la pared, estaba ahí todo cuanto había temido. Anclado a la pared como una araña enorme y llena de cabellos goteando sangre, empapando el suelo, la misma pared y parte de la cama, la criatura, si es que se le podía definir incluso de ese modo, le observaba con ojos dorados, abultados, sin iris alguno. Tenía forma humanoide, con tronco brazos y piernas cubiertas de esa maraña de cabello ensangrentado. Por un instante creyó ver al legendario hombre lobo que tantas veces se había oido en rumores, pero él sabía que no se trataba de eso. Lo que estaba viendo no era un rumor, era algo que era real y no al mismo tiempo. Aquella cosa, cuya cabeza era similar a un hocico de perro largo y torcido, abrió sus fauces de forma horizontal mostrando una hilera de dientes sin fin y varias lenguas delgadas como retales de tela rojiza. Sullyvan aferró la lanza con fuerza y se preparó para defenderse de esa horrorosa visión. Justo antes de que el extraño ser se lanzara sobre el hombre y el hombre a su vez se prestara al ataque lanza en ristre, vio que de entre las sombras que proyectaba el pequeño fuego de la cacerola manaban zarcillos como tentáculos que se arremolinaban en torno a él para apresarle.
Sullyvan despertó gritando, bañado en sudor, en el suelo. Se había quedado profundamente dormido ante la cacerola que había puesto para cenar. La comida se había echado a perder completamente a esas horas. Los primeros rayos del sol ya entraban por entre los maderos que conformaban la pared y estructura de su casucha. Le faltaba el aire. Le temblaban las piernas de puro terror. Se llevó las manos a la cara y sollozó con fuerza, tratando de no romper en un profundo llanto que lo llevaría al mismísimo delirio. Otra vez, un día más que afrontar, tras una noche infernal en la que no había logrado vencer a la necesidad de dormir. Pero debía hacerlo, debía soportarlo para sobrevivir. Pero en esos momentos, con el alba, lo que le tocaba era vigilar el pueblo maldito de Woodnacht.
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