-Vaya ¡Y hablábamos de belleza!- dio una palmada Benjamin -Encantado, sobrina. Ojalá pudiese decir lo mismo que Max sobre Rose. Nunca he tenido la oportunidad de conocerte-
-No te preocupes tío- sonrió Alice -Es normal. Londres y Woodnacht están tan lejos como el cielo y la tierra- comentó afable -No es cuestión de tomar un camino y hacer un paseo. Me alegro sin embargo de poder conoceros ¡A los dos!- rió
-Estoy seguro de que ambas primas van a ser muy buenas amigas y compañeras- añadió Max
-Apuesto a que sí. Van a ser también el terror de los muchachos del pueblo- bromeó Benjamin
-Alice ya lo es. Ahora tiene competencia- se mofó Max -¿Os enseño la casa?-
Para poder entrar, entre Max y Benjamin tuvieron que levantar la silla de ruedas con Rose aún sentada debido a los malditos escalones, que pese a ser pocos, la silla no podía soltearlos. Una vez en el pequeño porche, pudieron cruzar el umbral y encontrarse con una casa amplia, con dos pisos, bastante humilde pero no por ello menos sorprendente. Contaba con un gran saloncillo principal con una mesa y varias sillas repartidas al rededor y en el fondo una pequeña cocina que no estaba separada por ningún tipo de pared del salón. Toda la planta baja era una gran habitación única en resumidas cuentas, salvo una discreta puerta que se confundía bastante bien con la pared, que tenían bien cerrada, demasiado incluso, al tener unas cadenas con cerrojo. A Rose le picó enormemente la curiosidad, pero no pasó desapercibida -No te conviene entrar ahí- dijo de sorpresa Alice cerca de su oido en voz cálida -Está lleno de monstruos- Rose la miró con las cejas alzadas y por fin, la pelirroja rompió a reir -Vamos, lo mejor está arriba- en ningún momento concluyó con que decía lo de los monstruos en broma. Tras el rápido vistazo, se aproximaron a las escaleras. Eran bastantes y llevar la silla arriba y abajo de forma constante cada día acabaría destruyendo las espaldas de los familiares, de modo que tuvieron que trazar un plan
-Lamento muchísimo no haber podido disponer de métodos para la mejor integración de Rose... mejorará con el tiempo y podrá subir ella sola, estoy seguro, pero de momento mucho me temo que la silla tendrá que quedarse abajo hasta que ideemos algo- se rascó la barbilla Max, sopesando seriamente la imposibilidad de llevar la silla arriba
-¿Y ese bastón?- señaló Alice, perspicaz, observando el bastón que colgaba de la parte trasera de la silla. Rose alegó que podía andar por sí sola, pero trayectos cortos antes de que su cuerpo se fatigara y se sintiera como si hubiese corrido durante horas sin parar -¿Qué os parece si simplemente la llevamos a ella arriba y yo me ocupo de llevarla a donde necesite con ayuda del bastón?-
-No me parece mal. A fin de cuentas poco hay que hacer arriba salvo dormir- sonrió Max a Benjamin
-Entonces creo que sí ¿Qué opinas, Rose?- la joven no quería ser una molestia, pero estaba claro que subir y bajar la silla lo sería aún más, de modo que no le quedó más remedio que asentir -Fantástico- Benjamin le apretó cariñosamente un hombro -Todo irá bien, cielo-
-Seguro que sí ¿Vamos arriba?- todos asintieron a la propuesta de Maximilian -¿Me permites, sobrina?- Max se agazapó, la tomó con cuidado de las piernas y la espalda y la alzó en volandas con sorprendente facilidad
-Vaya. Sí que la vida de campo vuelve a un hombre fuerte- se burló Benjamin
-Rose es como un pajarito si la comparamos con los terneros y caballos recién nacidos- rió orgulloso Max, subiendo por las escaleras. Rose iba agarrada al cuello de su tío. Realmente le sorprendía que la llevase con tanta facilidad cuando a Benjamin le aquejaban dolores lumbares a veces con el mero hecho de llevarla apoyada de un brazo. Intentaba examinar a su tío con la mayor brevedad y disimulo posible. Sus primeras conclusiones es que debía de ser bastante más mayor que Benjamin, pues aparentaba bastante más de cincuenta años, pero a su vez, su resistencia y fuerza le hacían dudar de que fuese prácticamente un anciano. Quizá el sol, el clima en general de ese lugar, afectaba a su piel y lo hacía parecer tan mayor, arrugado y de piel brillante, como si fuese casi de plástico -Y esta es la habitación- dijo de pronto Max cortando los pensamientos de Rose, que no se había percatado de que por fin llegaron. El habitáculo era una sala cuadrada no demasiado grande que contaba con dos camas y una ventana redonda desde la que podían observar la calle y el pueblo, lo bastante grande como para tener unas buenas vistas -Veamos- Maximilian dejó a Rose sentada en la cama que sería la suya, prácticamente pegada a la pared. La de Alice estaba algo más centrada en la habitación, pero era lógico: era su casa -¿Cómo lo sientes?- Rose intentó dar un par de botes y los muelles chirriaron con fuerza, debido al óxido y el tiempo. Al menos estaba limpia, no olía mal y parecía cálida. Rose confirmó que estaba más que bien -Me alegro- sonrió Max
-¿Entonces dormirá aquí?- preguntó Benjamin, observando la estancia
-Sí- contestó Alice -Conmigo. Yo la ayudaré en todo cuanto necesite- sonrió -Nos servirá para conocernos, intimar, y otras tantas cosas de chicas que pocas veces puedo hacer. No tardaréis en comprobar que no abundan las mujeres de nuestra edad por aquí-
-Entiendo ¿Y hombres?-
-Oh, Benjamin- rió Max -Padre celoso ¿eh?-
-No es celoso- rió vergonzoso -Solamente me preocupo por el bienestar de mi hija y mi sobrina. No sería nada bueno que saliesen afuera y fuesen acosadas por...-
-Tranquilo tío Ben, vivo aquí- recordó Alice peinándose el cabello hacia atrás -Ya me conocen, y yo les conozco. Y saben lo que pueden, lo que no pueden, lo que deben y lo que no deben. Y me aseguraré de que mi hermosa, pulcra y novata prima esté más a salvo que nadie en este cuchitril de pueblo- miró a Rose de una forma que la joven no supo discernir: si era simplemente amabilidad exacerbada o había alguna otra intención que no comprendía. El caso es que ninguna mujer le había mirado con esos ojos lascivos jamás. Ni siquiera un hombre. Rose se sintió desnuda por una milésima de segundo ante la intensa mirada de Alice, pero dedujo que serían sólo sensaciones por el nuevo hogar.
-Me tranquiliza contar contigo entonces, Alice. Eres un encanto-
-Sí- sonrió ella con cierto coqueteo en la voz -Lo soy...-
-¡Bueno!- terció Max en un instante, alzando la voz, sobresaltando a Rose, que se había quedado ensimismada observando el lenguaje corporal de Alice. Era extraordinaria, hipnotizante casi ¿Era eso a lo que llamaban sensualidad? -Desgraciadamente mi casa poco más tiene que ofrecer, así que vayamos al pueblo. Es de vital importancia que sepáis dónde está todo. No tiene pérdida pero no es tan pequeño como puede aparentar- todos estuvieron de acuerdo.
En unos minutos ya estaban comenzando a rondar las calles del pueblo. Se podía apreciar, por el camino principal que parecía separar Woodnacht en dos partes, a los habitantes del lugar yendo de un lugar a otro. No era difícil fijarse en lo que Alice había comentado antes: apenas había muchachas jóvenes. La mayoría superaba la mitad de la treintena de años, siendo prácticamente ya unas adultas conformadas. De por sí, el número de mujeres era menor al de hombres, de los que sí había a todas las edades. De vez en cuando podían apreciar algún niño correteando y jugando con otro grupo de pequeños, pero era escaso. También había algún que otro perro vagabundeando de aquí para allá sin llamar demasiado la atención. La gente vestía de forma terriblemente humilde y sencilla, lo cual era extraño pero reconfortante para personas que venían de Londres donde la apariencia se cuidaba bastante. El hecho de ver a las mujeres con los peinados poco cuidados hizo sentir a Rose por un instante un alivio para aquellos días en los que no estaba de humor ni para mirarse al espejo -Y esto, mi querida familia, es Woodnacht- sonrió Max deteníendose en mitad de la calle para que se pudiese apreciar cada casa y cada comercio, mayormente tenderos de diversos objetos y no muy lejos de allí, la parroquia del pueblo
-Woodnacht no suena muy inglés- observó Benjamin, cruzando las manos tras la espalda
-Y no lo es. Bueno, no del todo. El fundador de este pueblo era un germano de la época de la colonización del Nuevo Mundo-
-¿Un germano?- se sorprendió Benjamin -¿Y cómo demonios llegó hasta aquí?-
-Pregunta a los libros de historia- se burló Max -Yo me limito a vivir el presente-
-Se me olvidaba que nunca fuiste muy instruido- ambos hermanos rieron
-Ahora en serio. Aquel hombre fundó el pueblo con sus propias manos. Allí está el origen de todo- Maximilian señaló a una extraña casa alejada, algo elevada sobre una colina. Se veía desde cualquier parte del pueblo como si fuese una especie de guardián del lugar. Llamarlo casa era ser ignorante y basarse completamente en las perspectivas. Se trataba de una vieja, antiquísima mansión cuya estructura estaba ya bastante podrida y carcomida por las inclemencias. No había nada que se mantuviese intacto y con el tiempo, seguramente, se acabaría derrumbando sobre sus cimientos. Ya en la propia distancia se apreciaba la negrura de la madera que la conformaba. Pese a todo, era bastante grande -La mansión Eidrich- nombró Max -Eidrich, dicen, era el hombre que fundó este pueblo. Su apellido. Desconocemos su nombre. Algunos recuerdan historias de sus antepasados que han vivido aquí y tienen historias perdidas sobre los descendientes de Eidrich. El último heredero, sin embargo, nadie tiene ni la menor idea de dónde está. Debió morir ahí dentro, como toda su familia. Estará sepultado por tablas mohosas, seguramente-
-Vaya si cuentas historias agradables Max- se quejó Benjamin
-Oh, disculpad, disculpad- se mofó -Oid, ya que estamos aquí, vamos a comprar algo para comer esta noche en condiciones. Alice ayúdame, por favor- se acercaron hasta la tienda de Jebediah, el comerciante más viejo del pueblo y por lo tanto, el que mejores precios y mejores productos tenía. Rose se quedó fuera, debido a que una vez más, tenía escalones. Estaba en un lugar seguro, decía Maximilian, por lo que no tenían nada que temer. Si ocurriese algo, advirtió Benjamin, bastaba con llamarle y en cuestión de pasos ya estaría a su lado.
Cuando la dejaron sola por esos momentos, Rose se detuvo a observar lo que la rodeaba. A pesar de la gente que había en la calle, no había demasiado ruido. Todos parecían hablar en voz baja... Había un hombre de unos cuarenta que la miraba desde la distancia, pero no le echó demasiada cuenta. Era seguramente la única en el pueblo en silla de ruedas y no era de extrañar que llamase un tanto la atención, pero entonces reparó en su alrededor. No había ni una sola persona en toda la calle que no estuviese quieta, erguida como una estatua, mirándola fijamente. Habían dejado todo lo que habían estado haciendo antes y simplemente la miraban, sin moverse, sin pestañear, como columnas, estacas clavadas en la tierra, firmes y con los brazos pegados al pueblo. El ambiente de pronto se volvió un tanto opresivo y Rose comenzó a inquietarse. Esas miradas constantes, ininterrumpidas y que la rodeaban por todas partes la hacían sentir incómoda como nunca ¿Tan rara era? ¿O era otra cosa? Sintió entonces que la silla se movía y respiró tranquila, pero cuando sintió que Benjamin dejaba de empujar la silla y la rodeaba para hablarle a la cara, no fue a su padre a quien vio. Era un hombre de unos... ¿Treinta? ¿Cuarenta? Su rostro no mostraba una avanzada edad, pero su cabello y su barba, sobre todo su barba, le hacía parecer más viejo. Llevaba puesta una gabardina llena de polvo a la altura de las rodillas. Se acuclilló ante la silla y la observó con ojos brillantes. Rose estuvo por decir algo, pero el hombre se llevó un dedo a los labios -Finge que me conoces y no pasará nada- masculló con total claridad y sin la menor amenaza en la voz -No voy a hacerte daño- dijo, aunque extendió la mano y la tomó de la barbilla. El contacto era áspero, duro. Era como si sus dedos fueran más músculosos que la propia Rose en su conjunto -No te resistas, será rápido- dijo simplemente, moviéndole la cabeza de un lado a otro. Rose estaba paralizada ante el extraño -...Eres nueva aquí- dijo, tras examinarle la cara y el cuello -Has llegado recientemente- no preguntaba, afirmaba -No te he visto llegar, sin embargo- la miró a los ojos. No, no era un hombre mayor. No era demasiado mayor que ella, pero tenía ese aspecto y esa mirada... La mirada de un hombre que guardaba secretos, la mirada, a su vez, del miedo más puro e inenarrable -Sea quien seas, muchacha, no deberías estar aquí- Rose se armó de valor para declarar que estaba con su familia y había sido él quien había empujado la silla para apartarla de la entrada de la tienda -No deberías estar en Woodnacht- agregó el desconocido -Este pueblo no es para ti. Ni para tu familia, si ha venido contigo. Vete de este lugar. Está bañado por la sombra de una pesadilla de la que no podrás escapar-
-¿Rose?- Benjamin salió de la tienda al no ver a la chica en la entrada -Rose- la llamó de nuevo, al verla a unos metros más allá, con el extraño muchacho agachado ante ella -¿Quién es? ¿Te está molestando?- preguntó Benjamin con severidad, aferrando la silla para apartar a Rose
-Lamento molestar- dijo el chico poniéndose en pie -No le he hecho nada malo, ni pretendo hacerlo. Dígame señor ¿Es usted su familia?-
-Su padre- dijo vehemente
-¿Y ha llegado recientemente junto a ella?-
-¿A qué viene este interrogatorio, chico?- frunció el ceño
-Hay cosas que uno necesita saber...- masculló, pasando la mirada de Benjamin a Rose -No durmáis en este pueblo. No os atreváis a soñar-
-¿Va todo bien, Benjamin?- Max y Alice aparecieron con unos paquetes con comida e ingredientes en los brazos. Ante la presencia de Maximilian, el muchacho se marchó sin decir nada más
-Ese tipo estaba hablando con Rose-
-Sullyvan- suspiró Alice -Sullyvan Thatch, se hace llamar. A saber si es su verdadero nombre, aunque todo el mundo le conoce por el mismo. No está muy bien de la cabeza. A veces dice cosas raras. Es inofensivo, al menos-
-¿Es seguro que ronde por el pueblo?- se cuestionó Benjamin
-Como digo, tío Ben, es inofensivo. Jamás le ha hecho daño a nadie. Sólo hace unas rondas por las calles y se larga. Suele hablar con los recién llegados pero luego los deja en paz cuando pasan unos días. Es una lástima sin embargo que no sea un chico decente ¿Opinas igual, Rose? No está nada mal...-
-Alice- regañó Max -Compórtate, hija-
-No importa- aquel comentario de jovencita desairada animó a Benjamin a restarle importancia al tal Sullyvan -Si de verdad es como nos cuenta Alice, seguramente no volverá a molestarnos-
-Seguro que ni siquiera se os acerca de nuevo- terció Max -¿Regresamos?- se dispusieron a volver y Rose simplemente se había quedado dándole vueltas a ese muchacho. Se atrevió incluso a mirar atrás, al camino que Sullyvan había tomado. Por alguna razón no le sorprendió demasiado verlo allí, mirándola fijamente junto a una esquina, pero diferente a como los pueblerinos la habían mirado antes. Pueblerinos que, ahora que reparaba, la ignoraban por completo y seguían con sus quehaceres. Sólo Sullyvan los observaba y no de aquella forma inquietante. Con un gesto, sabiendo que ella le estaba mirando a él también, negó con la cabeza y se llevó una mano a la sien cerrando los ojos un instante.
"No duermas"
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