jueves, 18 de enero de 2018

El pecho de Rose subía y bajaba a una velocidad pasmosa. Tanto fue así, que empezó a toser, a sentirse asfixiada, a ser incapaz de respirar con normalidad.

Por suerte Alice despertó antes los incesantes intentos de su prima por recobrar el aliento -¿Rose? ¿Que te pasa, Rose?- La chica miraba a su prima con una mirada suplicante. Quería hablar, pero no podía. La tos era demasiado grande, demasiado violenta. -¡Padre! ¡Tío Ben!- alertó la pelirroja, haciendo que ambos hombres corriesen por los estrechos pasillos de la casa hasta llegar a la habitación de las mujeres, aunque fuese vistiendo aún unos ropajes de dormir amarillentos.
-¡Rose! ¡Tiene un ataque!- aseguró su padre, abalanzándose a la cama y alzándo a Rose desde la espalda.
-¿Un ataque?- Alice estaba inquieta, sin saber bien qué hacer o donde ponerse
-Sí, a veces ocurre, cuando se pone demasiado nerviosa o la contaminación en el aire es insoportable para ella- murmuró Benjamin mientras masajeaba la espalda de su hija, quien no dejaba de convulsionar -Vamos, Rose. Respira... Respira...- Susurró -Cierra los ojos. Estás a salvo. Estás en mitad de un campo... Hay flores... Estás echada sobre la hierva y huele... Huele muy bien- Mientras el hombre hablaba, Maximilliam y Alice miraban anonados la escena. Rose, poco a poco, fue recobrando el aliento. Su cara, antes pálida, empezó a sonrojarse de nuevo. Las lágrimas que había derramado a causa de la tos, comenzaron a secarse. Costó largos minutos, pero con la constancia paternal de Benjamin, el silencio volvió a reinar en la habitación.

Rose no sabía qué decir. Miró avergonzada a sus familiares, quienes acababan de ver uno de los peores momentos que podía llegar a sufrir, por una cosa tan estúpida como una... pesadilla. Pero, esa pesadilla... Era tan real. Prestañeó varias veces, incluso frunció el ceño algo extrañada por haber experimentado algo tan vivido como esa pesadilla. Y Sullyvan... Él aparecía... -¿Puedo beber agua?-
-Claro, cielo- Benjamin se puso en pie -De hecho, creo que es mejor que os vistáis...- Murmuró algo avergonzado. Ellos no estaban presentables, pero ellas menos aún y se había dado cuenta. -...Y bajéis a desayunar. Un té te sentará mejor que un vaso de agua, Rose.- Dicho aquello, ambos hombres se marcharon, dejando de nuevo a las mujeres solas.

-¿Todo bien?- Preguntó Alice, sentándose en la cama de Rose. Su forma de ser, tan calurosa e invasiva, estaban dejando de sorprender a la chica que poco a poco empezaba a encontrarse mejor.
-Sí, discúlpame... A veces me ocurre-
-¿No has dormido bien?-
-No, o sea, sí.- Se corrigió -Quiero decir que la cama es cómoda y las sábanas cálidas. Es solo que... he tenido una pesadilla-
-¿Una pesadilla? Oh, a mi también me ocurre. ¿Que has soñado?- Quiso saber la chica, mientras peinaba los cabellos de su prima con sus propias manos, apartándoselos del rostro y alisándolos contra su espalda. Rose se puso tensa, como un resorte. ¿Como contar lo que había soñado? ¿Como decirle que en sus sueños, el loco del día anterior la había besado?
-No es nada, prefiero no recordarlo-
-Está bien, no te atosigaré. Pero al menos... Me gustaría saber qué te pasa exactamente. ¿Que enfermedad es la que tienes?- Preguntó la pelirroja mientras se movió por la cama hasta estar frente a la chica. Rose se tomó un momento, y después, tomó aire.
-Es algo raro. Incapacidad pulmonar o algo así- Confesó con tristeza -Me ocurre que... Pequeños esfuerzos, que para cualquier persona son insignificantes, para mi son una odisea. Subir unas escaleras, andar más de quince pasos, estar más de diez minutos en pie... Actividades que hacen que cualquiera respire con normalidad, a mi me provocan una enorme asfixia. Todo es cansado y dificultoso para mí, es como un equivalente a estar corriendo durante horas sin parar-
-Vaya...-
-Antes lo soportaba mejor. Mis piernas estaban fuertes aunque mis pulmones no. Pero ahora...- Rose se levantó lentamente el camisón hasta mostrar sus piernas. Eran delgadas, muy delgadas. La piel lechosa lucía poco sobre tan escasa masa muscular -Como apenas podía moverme, las piernas ya no son lo que eran antes. Ahora ya no tengo fuerza- Explicó con voz pausada. Alice no pudo apartar la vista de aquellas piernas. Se atrevió a extender una mano y acariciar una de ellas. Al principio fue un contacto tonto e insignificante con los dedos. Después, el contacto se agrandó bajo la palma de su completa mano. De la rodilla al tobillo, del tobillo al muslo... Rose, por alguna razón, no apartó la pierna. Estaba hipnotizada con el vaivén de su mano, a pesar de no sentirse a gusto.
-Te pondrás bien- Sonrió Alice cuando se alejó -Ahora hagamos algo mejor por ti ¿Quieres?-

Rose bajó, sobre los brazos de su tío, vestida con ropajes que Alice guardaba en el armario. Una camisa blanca con rayas marrones y una falda larga del mismo color. Jamás se había visto a sí misma luciendo tantos colores y el efecto le extrañó. ¿Se podía decir que la animaba? Era posible. El desayuno, por su parte, transcurrió rápido. Las tierras de cultivo llamaban temprano a los hombres de la casa, haciendo que ambas chicas se quedasen solas una vez más. Sin embargo, aquella mañana, Alice no parecía estar por la labor de limpiar y adecentar el hogar una vez más -¿Te apetece ir al pueblo?-
-¿Al pueblo?-
-Para conocerlo mejor. Apenas viste ayer nada de él, y tiene sitios preciosos. Ya verás. Te va a gustar- En la mente de Rose, apareció el hombre loco una vez más. ¿Estaría allí otra vez? La idea de verle de nuevo era muy extraña y molesta. La hacía sentir violenta. Sin embargo, no pudo contrariar a su prima, quien tomó la silla de ruedas y empujó de ella hasta llevar a Rose a la salida. Al menos... le vendría bien tomar al aire.

Woodnacht lucía exactamente igual que el día anterior. La gente caminaba de un lado para otro, haciendo las actividades que sus vidas diarias requerían. Se abrían paso conforme ambas mujeres pasaban, mirándolas de forma quieta y rígida, con unos ojos impasivos. Rose sintió un escalofrío enorme recorrer su cuerpo. Las escenas vividas en su pesadilla, se recreaban en su mente de nuevo como si se hubiese grabado cada una de ellas a fuego en su mente. Mientras, Alice charlaba y charlaba. Era una chica demasiado alegre, demasiado vivida, demasiado fugaz. En parte, Rose empezaba a envidiarla. Debía ser un imán para los hombres, su presencia debía ser entretenida para cualquier persona. -Aquí está la oficina del Sheriff, ahí delante venden bastantes bebidas y aquí... ¡El Sueño Oscuro!- A Rose le llamó la atención ese nombre
-¿Sueño Oscuro?-
-Es un Saloon muy reconocido. Acuden muchos hombres y algunas mujeres para pasar un buen rato. Para venir aquí uso esa ropa interior que te enseñé...-
-Oh... Comprendo-
-Ya vendremos. Sigamos-  Rose frunció el ceño cuando Alice continuó empujando la silla hasta el final de la calle principal. Atrás dejaron a las personas, los comercios y las oficinas.
-Alice ¿Que queda por ver?-
-Lo mejor de todo...-

Ambas mujeres acabaron a pocos metros alejadas del pueblo, en mitad de la nada, rodeadas de arena rojiza e insectos molestos. Sin embargo, Rose supo rápidamente que era lo que Alice quería enseñarle. En mitad de la llanura, se hallaba una leve inclinación del terreno que conducía hasta un orificio enorme, sujeto con vigas de madera y rodeado de cubetas y vías para carretas. Una mina. Las famosas minas del lejano oeste. Una mina, de seguro, saqueada de oro. -¿A que es genial?- preguntó Alice sin poder apartar la vista de la abertura.
-Solo es una mina-
-¿Quieres verla por dentro?-
-No creo que...-
-¡Vamos, no pasa nada! He venido cientos de veces, sobretodo cuando me enfurecía con mi padre. Ya no trabaja nadie aquí. Es segura- Siendo una invitada aún, Rose no se atrevió a contrariar los deseos de su prima, de forma que se dejó guiar una vez más hasta la boca de aquella enorme abertura.

La oscuridad las rodeó a ambas, así como el olor a tierra húmeda y el frío. Cuanto más se alejaban de la salida y más se adentraban en el tunel, peor era la visibilidad. -Es muy bonita ¿Nos vamos?-
-¿Ya quieres irte?-
-¿Qué más puede hacerse en una mina? Además... me empieza a faltar el aire aquí. No me encuentro bien-
-Tranquilízate. No te pongas nerviosa, Rose. Respira tranquila-
-Alice, de verdad. Por favor. Salgamos de aquí- Rogó la chica, que poco a poco fue sintiéndose extraña, atrapada, inmovilizada entre las paredes de tierra. Sus vellos corporales estaban de punta de forma constante y las puntas de sus dedos estaban heladas. No le gustaba aquella sensación.
-De acuerdo, de acuerdo. Pero antes, déjame enseñarte algo. Ven, ponte en pie- Alice rodeó la silla de ruedas y ayudó a su prima a ponerse en pie tirando de sus manos. -¿Lo oyes?-
-¿El qué...?- Preguntó nerviosa.
-Desde pequeña siempre he tenido la sensación de que... los túneles hablan. De que alguien habla- Sintiéndose estúpida, Rose agudizó el oído. No supo por qué se dejó llevar y lo hizo a sabiendas de que sabía que no escucharía nada. Supuso que sólo quería darle el placer rápido a los juegos de su prima.
-No se oye nada, Alice. Es el viento.-
-No Rose, escucha mejor. Ven- La pelirroja tomó de la muñeca a la chica y la instó a dar un paso hasta acercarse a la pared.
-¿Estás intentando asustarme?-
-Yo no te asustaría nunca, Rose. No pienses eso de mí- Advirtió con deje ofendido -Nunca te obligaré a hacer nada que no quieras, no te haré daño ni te provocaré otro ataque de asfixia por ninguna borma si es lo que piensas. Pero te digo de verdad que hay alguien aquí, hablando.- Rose no supo que decirle. Se limitó a mirarla de forma incrédula. -Ven, pon el oído en la pared y cierra los ojos. Verás como estoy en lo cierto. En cuanto lo hagas, nos iremos.-
-¿Lo prometes?-
-Lo juro- La chica bufó y tomó aire de nuevo. Dio un par de pasos y tocó con las manos la pared. La tierra se desmoronaba a su tacto levemente. Estaba fría, helada. Lentamente, colocó un oído en la pared y cerró los ojos.

Un latido. Una contracción. Un movimiento. Quizás algo más que un movimiento. Quizá algo distinto a un movimiento. Un susurro, una voz gutural y a la vez algo que no era una voz. Un lamento, una advertencia. Un grito.

Rose gritó y se separó de la pared como si esta quemara. Respirando entrecortadamente, miró horrorizada a la pared en la que sabía, había escuchado algo. Pero al mirar a su al rededor, se encontró sola. No estaba Alice, no estaba su silla ni tampoco estaba su bastón. -¡¿Alice?!- la llamó -¡¿Alice?! ¡¿Donde estás?!- Rose sintió miedo, un miedo enormemente aterrador. Intentó salir de aquella mina, andar rápido o correr, pero no pudo. A los pocos pasos sus piernas fallaron y Rose cayó desplomada en el suelo. Sentía que se volvía a asfixiar, sentía que le faltaba aire y fuerzas para salir de allí. Estaba atrapada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario