El viento se alzó en Woodnatch mientras la recién unida familia almorzaba al rededor de una raida mesa un tanto pequeña para albergar a cuatro personas al rededor de la misma. El silencio sepulcral hacía que se oyese perfectamente como las rágafas de viento pasaban entre las tablas de madera que componían las puertas y las ventanas de la hacienda, dotando al hogar de un tinte siniestro e inquietante para Rose y Benjamin, quienes estaban acostumbrados a los fuertes ladrillos y el grueso hormigón.
Degustaban una sopa de verduras mientras se miraban entre ellos. Rose se sintió inquieta dada la falta aún de confianza, de forma que decidió no apartar la vista de la sopa en todo momento que pudo. -La he preparado yo ¿Sabe bien?- quiso saber Alice. Sus rizos rojizos caían sobre sus hombros como cataratas rebeldes y sus ojos expresaban una expectación casi incontenible para ella misma. En su composición, Alice parecía una niña atrapada en el cuerpo de una mujer completa. Aunque la sopa hubiese estado fea y asquerosa de sabor ¿Como decírselo sin llorar por herir sus sentimientos?
-Está deliciosa. El sabor de la verdura es... distinto al que tenemos en Londres-
-Al que teníais, querrás decir- corrigió la chica.
-Alice, no seas así- la regañó su padre. -Perdonadla. A veces pienso que la falta de figura materna la ha convertido en una niñata imprudente-
-No, no pasa nada. La chica tiene razón. Ya no nos queda nada en Londres- explicó Benjamin -El precio del barco y el ferrocarril para llegar aquí se ha pagado con el dinero de nuestra casa. Ya no tenemos trabajo ni techo al que regresar-
-No hará falta, Benjamin- Maximilliam dio un sorbo a su vino -Cuando os asentéis del todo, cuanto tengáis confianza y encontréis las virutes de estas tierras, estoy seguro de que no deseareis volver jamás. Miradme a mi. Hace más de veinte años que vine... y nunca regresé- sonrió.
-Madre siempre dijo que estabas loco-
-Madre estaba senil antes incluso de que me marchase- ambos hombres sonrieron. Incluso Alice lo hizo, pero Rose no pudo. -Cuando recibí tus cartas, en las que me hablabas de las dolencias de Rose, rápidamente supe que te debería haber traído conmigo. A ti, a tu mujer y a Rose. Londres está sumida en... la industria. Eso no puede ser bueno. Esas nubes negras de las que hablabas... Ya veréis. Rose mejorará muy pronto-
-¿Y si no lo hago?- terció Rose, interrumpiendo a todos el ritmo normal del almuerzo.
-Hija, por favor...-
-Existe esa posibilidad. El doctor solo hizo una recomendación, no un tratamiento. Mis piernas son débiles y mi capacidad para respirar... bastante torpe. ¿Que tiene que ver eso con el aire limpio?-
-Te sorprendería- sonrió Alice. Rose frunció el ceño, sin comprender ese comentario.
-Hagamos una cosa. Si en... pongamos, un mes, tu estado no ha mejorado, recurriremos a un buen doctor de esta ciudad. Es caro, muy caro, pero me comprometo a pagarlo si la mejoría no ocurriese. Quizá una segunda opinión, medicinas locales... Podrían ayudarte.-
-Yo no...-
-Aun así, insisto. Mejorarás- Maximilliam tomó una cucharada de sopa dando la conversación por finalizada. La chica no se atrevió a decir nada más. No quería sonar pesimista ni quitarle las ilusiones a su padre. Era mejor así, de momento.
La tarde concurrió bastante rápida. Benjamin decidió no perder tiempo en sus obligaciones, de manera que tras acomodar sus pocos enseres en la que sería su nueva habitación, se marchó a las tierras que rodeaban la hacienda para trabajarlas junto a su hermano. Al parecer, el trigo era lavorioso, así como el cultivo de frutas, pero hasta entonces, Maximilliam había sido capaz de soportarlo todo él solo con sus propias manos. Sin embargo, a sabiendas de la llegada de Benjamin, se había replanteado arar nuevas tierras bajo su titularidad, destinadas a la plantación de algodón. Decía que estaba en auge, que pagarían bien por él y Benjamin no lo dudó. Rose y Alice se quedaron solas en la hacienda durante horas. Horas demasiado largas.
La chica estuvo sentada toda la tarde en su silla, junto al enorme ventanal del salón, leyendo algunos libros que su tío tenía en una modesta estantería. De vez en cuando, veía a Alice caminar de aquí para allá. Sus labores pertenecían al hogar. Limpiaba, lavaba la ropa, cocinaba y de vez en cuando vagueaba un poco. -¿Quieres que lave tu ropa?- preguntó tras bajar las escaleras.
-No hace falta-
-Las he cogido ya. Se iban a arrugar en tu maleta. Espero que no te moleste- Rose suspiró.
-Bueno... está bien. Es solo que no quiero que trabajes de más por mi-
-No pasa nada. Lo hago siempre. Me he fijado en que tus ropas son muy... oscuras-
-Digamos que la moda en Londres es así- sonrió. Aquellas palabras capturaron la curiosidad de Alice, quien no dudó en acercarse y tomar asiento junto a ella.
-¿Sabes? Siempre pensé que las mujeres de Londres erais muy... tontas- explicó -No te ofendas. Lo digo porque a mi me pareces muy normal. Como si hubieses nacido aquí, salvo por tu acento, claro- A Rose le hizo gracia aquel comentario, de forma que no pudo evitar reír.
-¿Y como es que pensabas eso?-
-No lo sé. Se cuentan cosas. Se habla de que es una ciudad tan... regida por las normas, tan avanzada y estancada a la vez...Las enfermedades, la histeria femenina... Debe ser como estar encerrada en una burbuja negra sin salida. Me alegro de que no seas como esperaba. Además, eres tan... preciosa- Alice alzó sus manos y las puso en las mejillas de su prima, quien sonrió agradecida por aquel alago. -Cuan equivocada estás...-
-Te lo digo de verdad. Aquí las mujeres son... tan feas-
-Tú eres muy guapa. En serio. Mírate. Ese pelo causaría furor en cualquier sitio-
-¿Y qué? Mira mi piel. Está manchada por el sol. En cambio tú tienes la piel tan blanca y tersa. Estoy segura de que todos te mirarán con envidia aquí. Y con deseo- sonrió picarona.
Rose quiso decir algo, pero no pudo, pues Alice se levantó rápidamente al sentir que alguien se acercaba por su espalda. Benjamin venía repleto de sudor, rojo como un tomate por pasar demasiado tiempo bajo el sol.
-Padre... te va a dar algo. Que ya no eres un muchacho- Advirtió su hija al tiempo que Alice se marchaba. Benjamin, por su parte, se sentó como si se desplomara sobre un sillón situado frente a la chimenea.
-Solo venía a por agua-
-Y a por sombra- sonrió la chica, haciendo que su padre también riese.
-Y por ti. Quería saber como estabas- Benjamin tomó una enorme bocanada de aire y la observó.
-Estoy bien. Un poco aburrida por estar aquí sola- confesó.
-Estabas leyendo- El hombre lanzó una mirada al libro que reposaba sobre el regazo de la chica. Lo había dejado cerrado con una página doblada justo en el momento en el que Alice apareció.
-Ah, sí. Pero... Los libros del tío Max son un poco... Raros- Rose reprimió una pequeña carcajada
-Antiguos, querrás decir- Aseguró Benjamin tras ojear la portada.
-También, pero, he estado ojeando casi todos los de la estantería y son muy raros. Parece que todos relatan historias de miedo con mucho...- avergonzada, la chica se mordió el labio inferior -Erotismo- No acostumbraba a hablar con su padre de temas tan íntimos y adultos, aunque fuese para referirse a ellos como temática. Benjamin por su parte, abrió mucho los ojos -Me dijo que estaba a mi entera disposición. No me dijo nada sobre que fuesen así-
-Supongo que mi hermano habrá desarrollado unos gustos más naturales desde que vive aquí- Explicó, poniendo los ojos en blancos. -No pasa nada. Puedes leerlos. Al fin y al cabo ya eres una mujer. No habrá nada que no conozcas ya ahí- Rose asintió sintiéndose aliviada. Había leído ya ciertos capítulos un tanto picantes y jamás había tenido una lectura así, de modo que no sabía si, siendo soltera y joven, aquello a su padre le molestaría. Al menos en Londres, acostumbraba a pedir permiso a su padre para casi todo. -En cualquier caso... Estoy bastante feliz- La mujer miró a su padre sin saber a qué se refería -Sé que llevamos pocas horas aquí, pero ya siento que este lugar es mi casa. Pensé que me costaría acostumbrarme, pero todo es tan... familiar- sonrió complacido -Lo digo tambien por Max-
-¿Que ocurre?- Benjamin miró de un lado a otro, como si desease que nadie escuchara lo que iba a decir.
-Tu tío se marchó hace muchos años porque era un auténtico cabeza hueca. Decía que quería viajar, conocer mundo, en vez de trabajar como un hombre debía hacer. Robó dinero a tu abuela y se marchó sin decir adiós. A mi no me molestó. Le conocía bastante bien y sabía que tarde o temprano desaparecía. Era su naturaleza- Tragó saliva -A los meses supimos que estaba en América. En sus cartas parecía muy feliz. Aseguraba haber visitado cientos de pueblos a costar de vivir de la mendicidad, el robo o trabajos complicados. Y tras cuatro años regresó a Londres. Fue entonces cuando te conoció-
-No sabía que volvió. Pensé que se fue cuando yo ya había nacido-
-Y así es. Su estancia en Londres duró poco. Recuerdo que había conocido a una mujer en la ciudad extraordinaria, inteligente, una belleza. Y sin embargo... recibió una carta proveniente de Woodnacht. Una mujer de aquí, con la que Max tuvo por bien acostarse, había tenido una hija suya-
-Alice...- Benjamin asintió.
-Max dejó a la nueva señorita y con lo puesto, volvió hasta aquí. Una vez más, sin decir adiós- Se cruzó de brazos -Desde ese entonces, recibí muy pocas cartas de él. En las pocas que llegaron, escribía tan poco... explicaba tan poco...- Benjamin no pudo evitar divagar en sus pensamientos. -Siempre pensé que estaba mal, que algo le debía estar sucediendo. Sólo decía que estaba bien y que ojala viniésemos para vivir con él. Por supuesto jamás le hice caso. Teníamos nuestra vida en Londres, teníamos a tu madre, ambos...- El hombre encogió la barbilla con dolor. El recuerdo de Megan aun era doloroso para ambos, sobre todo para él. Apenas hacía cuatro años de su marcha, pero a Benjamin siempre le parecía que murió hacía tan solo un mes. -Pero dado los consejos del doctor, recordé las constantes sugerencias de Max y... aquí estamos. Y lo mejor es que los cuatro estamos bien. Max está genial y eso me alegra-
-A mi me disgusta que tú estés tan viejo, pero no se lo cuento a mi hija- La voz de Maximilliam resonó desde la puerta del salón. Ni Rose ni Benjamin le sintieron llegar, ni si quiera le vieron, pero ahí estaba. La chica estaba tan sumida en la historia de su padre, que oir la voz de su tío hizo que diese un pequeño salto sobre su silla y se asustase por un instante. -¿Que le contabas de mí a Rose? No quiero que piense nada malo de su tío-
-Nada, Max. Todo cosas buenas-
-Con el tiempo, Rose, comprenderás que incluso soy mucho mejor que tu padre, en todos los sentidos- Su comentario sonó serio. No sonrió para denotar lo contrario. Sin embargo, Benjamin si lo hizo y pareció que el comentario fue bromista. Después, ambos hombres fueron a trabajar de nuevo, y Rose, volvió a quedarse sola.
Al llegar la noche, Max se encargó de cargar de nuevo a Rose escaleras arriba hasta dejarla en su habitación para después cerrar la puerta y dejar a ambas mujeres descansar. La habitación de Alice era sorprendemente oscura, únicamente iluminada por el halo de luz lunar que se colaba de entre las cortinas de la ventana. Rose se frotó los brazos, un tanto incómoda. -A ver, déjame que te ayude- La pelirroja se acomodó sobre la cama de su prima y llevó las manos a la parte trasera del vestido de la chica.
-Puedo hacerlo yo sola-
-Pero has venido aquí para tener a alguien quien te ayude ¿No? Vamos, Rose...-
-Pero es un simple vestido, puedo hacerlo, de verdad. Estoy enferma, pero me basto y me sobro para mis propias cosas-
-Está bien. Quítatelo. Voy a buscarte algo de ropa para dormir- Alice saltó de la cama y se dirigió al armario. Mientras, Rose procuró quitarse el vestido rápido. Lo desabrochó por la espalda y lo dejó caer por todo su cuerpo hasta que éste tocó el suelo. La pelirroja sacó un largo camisón blanco sin mangas y se giró para mostrárselo a su prima.
-Está bien, Alice. Es perfecto-
-Oh vaya...- Alice señaló a la ropa interior de la chica -¿Que es eso?-
-¿Esto?- Rose se miró a si misma -Ropa interior... ¿No?-
-¿Esa es la ropa interior de las mujeres de Londres?- A Alice le costó reprimir una carcajada al ver la camisa de encajes blanca con formas en la zona del pecho, a conjunto con unas anchas enaguas perfectamente planchadas en el cuerpo de su prima.
-Sí... ¿Que tiene de malo?- quiso saber la chica.
-¿Que qué tiene de malo? Observa esto- Sin decir más, Alice se despojó de sus ropajes y mostró su cuerpo semidesnudo, cubierto por unas pequeñisimas enaguas y una camisola corta. Rose se quedó embobada mirándola. Sus formas eran realmente atractivas, y ver a una mujer por primera vez en su vida con tan pocas ropas... se sintió extraña -Compara-
-Está ropa interior sujeta mejor- se señaló
-Pero esta es mucho más cómoda- rebatió Alice. -Además ¿Para que quiere sujeción una mujer de casa? Muchas veces ni si quiera uso la parte de arriba. Si es por resaltar...- La chica volvió a su armario y sacó un corsé blanco, pequeño y resultón que debía cubrir a penas medio seno.
-Eso es excesivo- Comentó Rose con los ojos muy abiertos y cierta sonrisa en la boca -Vaya, vaya, Alice...-
-No es excesivo si lo usas en el momento... adecuado- río.
-¿Hay... algún hombre?- Preguntó Rose curiosa.
-No. No lo hay-
-Entonces... ¿Por qué...?-
-Ay, Rose... Tranquila. Te acostumbrarás a la forma en la que funcionan aquí las cosas- explicó, justo antes de quitarse la camisola y mostrar sus senos. Rose los miró, pero apartó la mirada rápidamente, avergonzada. Juraría que Alice sonreía, pero decidió no comprobarlo. -Anda, toma- dijo justo antes de lanzarle el camisón -Ponte cómoda- La pelirroja se puso su propio camisón. Sus senos se dejaban adivinar aún bajo aquella tela. Una vez más, Rose se había fijado. -¿Te doy vergüenza?-
-No, es solo que...-
-Tranquila. Somos mujeres. No pasa nada ¿Verdad? Además somos familia- sonrió cálidamente. -No tienes que tener vergüenzas conmigo- La chica asintió y terminó por quitarse ella también su parte superior, no supo si por imitarla o porque aun se sentía avergonzada por tener una ropa interior ridícula. Cuando se puso el camisón, se echó sobre la cama y se acomodó, mirando al techo blanquecino. -Dulces sueños, prima. Duerme...-
Dormir... justo lo que aquel hombre del pueblo le dijo que no hiciera. Pensó en él justo antes de cerrar los ojos. No pudo evitarlo. Había sido un viaje demasiado largo y todo su cuerpo le pedía descansar. Descansar como nunca...
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