jueves, 18 de enero de 2018

-No duermas- 

La joven Rose despertó en su cama como si acabara de oir esas palabras. Con los párpados pesados y cansada por la falta de sueño interrumpido, trató de rebuyirse en las sábanas y volver a conciliar el sueño. Se giró lentamente para encarar una postura más cómoda y parpadeó ligeramente buscando relajarse, pero fue eso precisamente lo que la terminó de despertar. Con un veloz respingo que la hizo sentir mareada y un gemido de terror, se irguió en la cama al ver que había una persona frente a la ventana, con si silueta recortada por la luz de la luna. Por un instante creyó que era su prima, pero no. Era una mujer completamente desconocida. El terror se hizo hueco en ella cuando se percató de que no era la única. Un coro de habitantes del pueblo rodeaban su cama, de nuevo, en aquella postura estática, como palos clavados en el suelo, mirándola fijamente, sin expresión, sin emociones, sin pestañear. Eran a todas luces unos inquietantes muñecos realistas que guardaban su cama. El pulso de Rose se aceleró a niveles agigantados y llamó velozmente a su padre, a su tío, a su prima, quien fuera, pero no obtuvo respuesta alguna. Se fijó en que la cama de su prima estaba vacía, revuelta. Se había ido ¿Quizá al baño? ¡Daba igual! ¿¡Dónde estaban todos!? Temblando, se atrevió a preguntar qué querían, quiénes eran, pero como las mismas figuras que parecían, no se inmutaron, se quedaron ahí, clavados, sin siquiera parecer respirar. Rose echó mano como pudo al bastón y trató de levantarse. Encontró una sorprendente resistencia y fuerza en sus piernas que le permitió alejarse hasta la puerta, donde observó la situación. Ni siquiera se movieron un ápice cuando pasó entre ellos para huir y seguían sin moverse, aún fijos mirando la cama vacía iluminados por la fantasmagórica luz del exterior. La chica no daba crédito a lo que veía y lo peor es que parecía estar sola, no rescataba el recuerdo de que se le informara de que saldrían a algún lugar. Y esa gente... ¿Qué demonios le pasaba a esa gente? Entonces la casa la recorrió el estruendo de un golpe sordo, grave y hueco, seguido de otro, y otro más. Golpes. Se oían claros golpes en la planta inferior, en el salón. Buscar un posible peligro mayor denotaba una grave falta de inteligencia, pero quizá era su padre, Alice o Maximilian y necesitaban ayuda. Todo era mejor que estar con esas extrañas presencias en su habitación. Haciendo acopio de fuerzas caminó torpemente, falta de costumbre, hasta las escaleras. No se percató de que no se asfixiaba ni le calambreaba el cuerpo, ni tosía. La adrenalina bullía en sus venas y empezaba a aquejarle un severo dolor de cabeza. Se encaramó con fuerza a la barandilla de las escaleras y bajó con torpeza y lentitud, clamando a gritos los nombres de sus familiares, pero de nuevo, no obtuvo respuesta. El salón era una gigantesca masa de oscuridad cuando por fin llegó abajo. Nada, no había nada, pero el sonido de los golpes se intensificaban, estaba cerca, muy cerca. Lo pudo comprobar cuando giró la esquina que hacía la escalera, encarando lo que su tío usaba como cocina. Allí había unas velas iluminando la mesa del comedor y a las personas que allí estaban. Sentada sobre la mesa con las piernas muy abiertas y completamente desnuda una mujer se desgañitaba en salvajes jadeos mientras un hombre la penetraba con golpes tan prominentes que retumbaba por completo la mesa y eso eran los golpes que la chica oía. A cada acometida del amante la mujer clavaba las uñas en la espalda de su compañero de sexo abriéndole la carne con severas heridas que sangraban profusamente, regando su espalda, sus lumbares, su trasero y sus piernas. Goteaba en el suelo con prominencia, como finas cascadas, lágrimsa carmesíes que no parecían molestar al susodicho, que embestía cada vez con más brutalidad y fuerza, hasta que ya no sólo se oía la mesa retumbar, sino el restallido de las carnes de ambos fornicadores. La mujer ya empezaba a gritar de puro placer... o dolor. Rose no pudo identificar el tipo de alarido que la chica estaba soltando. No era demasiado mayor tampoco. Lo pudo comprobar cuando por un instante sus miradas se cruzaron por encima del hombro del amante. Entonces se quedó helada, quieta, como una figura, al igual que los de arriba. Pese a semejante hecho, el hombre prosiguió y prosiguió. Rose estaba completamente enajenada ante la situación que se le estaba pintando. Sola en una casa ajena, extraños rodeando su cama, dos desconocidos teniendo un sexo salvaje y sórdido, inhumano, sobre la mesa donde comían. El estómago se le revolvió con severidad y no pudo evitar llevarse una mano a la boca en un alarde inconsciente por no vomitar. En ese instante el hombre pareció ser consciente de su presencia. La miró por encima del hombro y de nuevo, aquel extraño efecto de figura o palo, quieto y parco en cualquier emoción, aunque para ello desenterró el pene de la vagina de aquella mujer, empeorando notablemente la visión de Rose. Del miembro viril de aquel hombre brotaba una suerte de semen cargado, casi gelatinoso, que goteaba pesadamente sobre la manera. Era ligeramente amarillento tornando a marrón. Se comprendía cuando se apreciaba que de la vagina de la mujer brotaban hilos de sangre, como de la espalda de aquel hombre y ahora que la veía con claridad a toda ella, se percató de que sus pechos estaban igualmente llenos de heridas nuevas y viejas, cicatrices, costuras, tonos de piel distintos e igualmente sangrantes. Los ojos sin vida de aquellas personas que se habían congelado en el tiempo espantaron del todo a Rose, que no pudo hacer otra cosa que salir de la casa a toda la velocidad que sus piernas le permitieron, cerrando la puerta con fuerza a sus espaldas. Fue entonces cuando tosió con fuerza y no pudo evitar sentir una poderosa arcada que subió por su esófago como un gigantesco objeto que no tenía hueco para pasar. La tos la asfixiaba demasiado. Estuvo a punto de ahogarse, pero consiguió calmarse, mantener la calma, respirar. Apoyó la frente contra un poste del porche y sollozó ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Qué clase de mundo era en el que se había metido? No tenía sentido, ni razón. Cuando volvió a mirar hacia la puerta, pudo apreciar que en las ventanas junto a la misma estaban todos aquellos habitantes, en pie, igualmente maniquíes, mirándola fijamente y sin mover un músculo ni pestaña. Rose hacía lo posible por mantener un pensamiento lógico y razonable, bajando las escaleras con miedo pese a ser tres escalones, rezando a los cielos porque las piernas no le fallaran en ese momento. Al parecer había gente despierta aún en las calles del pueblo, había una tenue luz que llegaba desde la plaza central, donde las calles convergían. Quizá, pensó la chica, su padre estaría allí. Debía ir, informarle, a él y a su tío ¿Y Alice? ¿Dónde estaba Alice? Era cruel, pero no podía permitirse buscarla. No ella. Debía aprovechar cada ápice de energía que milagrosamente conservaba para llegar hasta aquella plaza y buscar a su padre, pues no tenía más alternativa.

El más bello ideal que la chica guardaba en sus adentros era que al torcer la última esquina que le quedaba, pudiera encontrar allí rostros familiares, pero el espectáculo dantesco y grotesco que aguardaba a sus ojos no era en absoluto lo que esperaba. Casi todo el pueblo, tantos como eran, se congregaban en aquel lugar. En el centro había una pira con llamas tan altas que podrían llegar a acariciar el cielo. Esa era la fuente de la luz. No había nadie moviéndose. Todo eran estatuas con la mirada fija en la pira, pues al rededor de las enormes llamas había gente, un pequeño grupo de gente que sí parecía tener en funcionamiento su psicomotricidad y ante las mismísimas llamas, casi quemándose, una cruz de madera de altura similar a un hombre con una persona crucificada de una forma horrible. No sólo las manos y los pies, sino los codos, rodillas y hombros estaban perforados por unos clavos enormes y gruesos que amenazaban con descuartizarle en cualquier momento. Rose se sintió mareada ante tal visión. No sólo por eso, sino porque quieres rodeaban la pira frente al crucificado eran mujeres desnudas, tumbadas lánguidamente en el suelo, rodeando con sus piernas a aquellos que arrodillados frente a ellas las penetraban al unísono como un baile perfectamente coreografiado. El ambiente estaba lleno del crepitar del fuego y de los gemidos de placer de aquellas damas que no conocía de nada. El horror consistía en que mientras eran penetradas con el mismo ímpetu que la desconocida de la casa de Maximilian, unas personas con extraños ropajes y máscaras de hueso horripilantes, como si fuesen una suerte de sacerdotes, deslizaban afilados utensilios sobre los pechos de las mujeres y los torsos de los hombres, arrancando láminas de piel de donde podían. El espectáculo a la par de grotesco, era sangriento hasta cotas inimaginables. Todo era rojo. Cada cuerpo que Rose veía era de un rojo carmesí que le revolvía cada parte de su cuerpo. A la joven le faltaba el aire y las piernas ya le temblaban, le calambreaban y amenazaban con tirarla al suelo en cualquier momento, pero había algo, un ápice de locura que le impedía dejar de mirar. Un hombre igual que aquellos sacerdotes, salvo por la excepción de que llevaba una suerte de corona vieja, de acero oxidado con forma de púas, tomó las pieles que los sacerdotes tomaban de los fornicadores y comenzó a coserlas con dificultad debido al grosor de las mismas. Luego se acercó al individuo en la cruz y le alzó la cabeza. Ese hombre... no tenía cara. Era un amasijo de carne y nervios supurantes, pero sus ojos se movían ansiosos, nerviosos, aterrorizados: vivo. Ese hombre pese a todo estaba vivo y en esos momentos parecía el único, a parte de Rose, que parecía estar en sus cabales. Lo peor fue la extraña sensación de que Rose conocía esos ojos, eran verdaderamente familiares. Lo supo por un instante entonces, cuando por algún motivo aquel hombre atravesó el mar de rostros y se fijó en Rose. La miró con intensidad inteligente, con súplica, con pesar, con una tristeza insondable. Benjamin. Era su padre. El mar de lágrimas brotó de los ojos de la chica mientras el sacerdote alzaba la voz -Bienvenido al círculo, hijo de Cthogoth. Bienvenido a tu nueva y única familia- recitó, mientras le colocaba la insidiosa máscara de piel y carne sangrienta sobre su rostro arrancado y desfigurado -Su sangre es mi sangre- recitó el sacerdote y con él, el pueblo entero resucitó por un instante clamando con voz monótona, muerta, pero bien en alto, la misma frase. Comenzaron a repetirlo en un bucle asfixiante y ensordecedor. Rose sintió de nuevo aquellas terribles ganas de vomitar. Tosió y tosió, esta vez convencida de que no lo retendría ni sus piernas la soportarían más tiempo. Cuando sintió el horrendo sabor en la boca, una fuerte mano la agarró del brazo y tiró de ella para voltearla. Él. Sullyvan
-Te dije que no durmieras- regañó con mirada furiosa -Maldita sea, te dije que te fueras ¡Que no durmieras! ¿Por qué lo has hecho? ¿¡Por qué!? ¿¡POR QUÉ TE HAS DORMIDO!?- Rose se deshacía en llantos mientras Sullyvan la sujetaba. El hombre la observaba venirse abajo, derrumbarse. Cada vez le pesaba más en los brazos. Sus rodillas temblaban y la tos, esa tos... La chica movió la cabeza en un amago de por fin liberar lo que su garganta trataba de retener, pero en ese preciso momento, como llevado por un febril deseo, Sullyvan le tomó el rostro y la besó con fiereza. Usó su propia boca para separar los labios de la joven y devoró sus labios, ahondó con su lengua y se enredó en la de la chica. Un beso amplio, profundo y húmedo en mitad de aquella insondable pesadilla de horror y locura. Fue apenas unos segundos, pero la sensación de vómito se esfurmó del cuerpo de la joven una vez se encontró con los labios de Sullyvan. El hombre se separó de ella con enfado, sin embargo. La miró con ojos cansados, apesadumbrados y llenos de miedo. Se pasó un dedo por sus propios labios y se miró -Aún... tienes una oportunidad...- masculló antes de darse media vuelta -No duermas...- le dijo una vez más. Rose perdió la fuerza en las piernas y se derrumbó en el suelo. Su cerebro se apagó después de todo lo que acababa de ver.

Despertó al alba, con los rayos de un suave y cálido sol acariciándole las mejillas entre las sábanas, en la cama instalada en el cuarto de su prima. Algún que otro pajarillo cantaba feliz y en paz en el exterior de la ventana. Y en la mente de la chica la visión de un Sullyvan que se marchaba, repitiéndole de nuevo que no durmiera, jurando que le vió los labios teñidos de sangre antes de que se diera la vuelta.

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